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miércoles, 4 de abril de 2012

No es Rajoy.

Quiero que los políticos que gobiernen mi país hayan disfrutado de un buen asado con patatas.
Quiero que quien gobierne mi país haya pasado horas en la cama mirando al techo,
pensando sólo en excusas para no levantarse.
Quiero que quien me gobierne haya rescatado a un cachorro herido en la calle,
lo haya curado en su casa y le haya encontrado un hogar.
Quiero que quien me gobierne haya visto amanecer en veinte países distintos,
que haya cogido el metro sin pagar,
que haya despertado en un lugar desconocido odiándose por lo que hizo anoche.
Quiero que el presidente de mi país sepa lo que es cazar un animal salvaje,
quiero que haya sido el hazmerreír en una rave,
quiero que haya hundido los dedos en el coño de una prostituta
en un baño de un bar de carretera sucio
donde el tubo fluorescente desvela a cada parpadeo una nueva imperfección en el rostro de la mujer.
Espero que le haya dejado una buena propina por un buen servicio.

Quiero que los políticos encargados de decidir sobre mi vida hablen ocho idiomas,
hayan compuesto una canción, pintado un cuadro y escrito una novela.
Quiero que quien me gobierne tenga fantasías sexuales por cumplir,
y piense en ellas mientras está dándole vueltas a los presupuestos,
o a la contratación de nuevos ministros
o sea lo que sea lo que hace la clase política.
Me encantaría que se hubiera pegado con alguien sólo por el placer de hacerlo,
y se hubiera lamido las heridas luego,
como un perro,
disfrutando del sabor metálico de su sangre.
Exijo al menos que haya sido vagabundo durante una temporada,
alcohólico durante otra,
que haya estado en la cárcel, que haya batido algún récord,
que se le haya muerto su mejor amigo, que aún tenga por vivir los mejores años de su vida.

Quiero que quien me gobierne tenga muy claro que querer y que te quieran es lo más importante.
Que haya visitado los confines de la psiconáutica y se haya visto a sí mismo desde fuera como un monstruo. Que haya estudiado tres carreras.
Que haya vomitado, sangrado y besado más que yo,
que folle mejor que yo,
que se ría más a menudo que yo.
Quiero que quien gobierne a mis amigos y a mi familia regrese a casa en busca de la sonrisa de sus hijos,
y que en el momento de recibirla se olvide de las decenas de millones de personas que dependen de sus decisiones.

Quiero que quien me gobierne sea humano,
quiero que haya vivido,
quiero que se gane mi respeto.
Es lo mínimo que se puede pedir.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Intermission

De la vena me salían las conexiones. Era lúgubre el ambiente pero mi corazón bombeaba swing, ritmo de un mundo que no ha descubierto el sexo y la violencia, que permanece. Me brotaba la fe a borbotones, de los labios a la barbilla, exhibiendo una sonrisa psicópata inocultable. La luna se reflejaba en los ojos de todos los asistentes: “más alto”, decían. “Más, más”, mientras hacían gestos con las manos, como llevándose el aire al pecho. Había tan pocos elementos allí… una felicidad tangible, sostenida con los mínimos alambres, como si cada vez que la vida nos diera un golpe fuera como jugar a la Jenga. Quitar una pieza y permanecer, quitar otra pieza y permanecer, permanecer… todos queríamos nuestra ración de infinito, que nuestra mortalidad fluyese elegante. Todos temíamos mirar a la calavera. Saliendo del club, nos sosteníamos los unos a los otros para no caernos, en plan naipes, medio dormidos y medio llenos. “Mi objetivo”, decía Mike, “es volverme tan abstracto que nadie me entienda” y acto seguido vomitaba en un contenedor, sin levantar la tapa. Se me vino a la cabeza esa imagen de la papelera a rebosar de periódicos viejos, plásticos y pieles de plátano; y el ciudadano ejemplar que arroja la lata de coca-cola sin importarle que rebote y caiga fuera y manteniendo una conciencia limpia. El coche que no vimos le atropelló el pie a Mike, y yo pensé en lo gracioso que sería un no-Mike, alguien que hiciera todas esas cosas mal, lo mismo pero mal. Después comprendimos la gravedad de la situación en nuestros músculos que se tensaron, pero pasamos de él. Llamamos a un taxi y lo dejamos pudriéndose en la sombra, y nos encontramos con nuestras sábanas y un techo que no se acaba nunca.


Puto genio el que inventó la luz de la nevera,
¿qué mente mágica descubrió y salvó esa necesidad?
Maravillado me preparo un sándwich alumbrado por esta fantástica luz,
sudando de Fleming, Stephenson o Graham Bell.
Pero es que entonces me llaman y mi móvil vibra,
¡vibra! Y sudo del cáncer y del sida y de las enfermedades neurodegenerativas,
porque qué mas da que hubiese tenido cáncer, sida o alzhéimer,
no me habría enterado de la llamada si mi móvil no vibrara.
Porque es tarde y lo tengo en silencio para no despertar a mis padres.
Dios quiera que no les pase nada. 

martes, 29 de noviembre de 2011

Escritura automática #2

“Nos gustará estar muertos”, concluyo mirando a las nubes tras una larga conversación contigo que nos ha dejado los ojos rojos. Me alejo pensando que el banco es de madera y la brisa me rodea pero no me toca y que el banco es de madera. Existe un túnel que conecta nuestras mentes, al que sólo podemos acceder mediante grandes cantidades de dolor dolor dolor dolor. Me miras entonces arrasándome sin pestañas, y siento como todos mis sistemas se reinician. Dejo atrás todo. Te miro, por primera vez como soy. Te miré, por primera vez como era. Y en una herida con forma de corazón introduje los químicos. No tiene sentido seguir concentrándose en las tareas cotidianas, en exterminar los grumos, en blandir el cuchillo, en elevar la presión del agua y tratar de acertar con la temperatura. Ya no tiene sentido cortarse las uñas, peinarse o tratar de quitarse los restos de comida de entre los dientes. Mi reloj hace tic-tac mientras sus agujas hipodérmicas se me hunden en la piel. El banco es de madera y tu pelo no eres nadie me lo estoy inventando todo. Sólo hay una ventana y un hombre que mira y a lo mejor una correa y un perro y algunas estrellas. No. Sólo hay un ordenador y una estufa y pocas horas por delante para dormir. No. Sólo estás tú y ese banco y algunas nubes. Y diluyo una cucharilla de azúcar en el café, me ajusto la corbata y salgo por la puerta, cojo el ascensor, bajo al garaje, entro en el coche… y cuando salgo del coche ya estoy en otro edificio, sin necesidad de exponerme a la luz del sol, sin necesidad de dejar de verlo todo a través de una ventana o de una pantalla o de unos ojos. Si me tocara la lotería ahora mismo, ¿se acabarían mis problemas? La música me pondría triste mientras abultan los billetes en la cartera. Si pudiera ser más humilde, más sabio, más guapo, menos aparente… ¿se acabaría mi rabia? Podría destrozar una tabla ahora mismo con mis dientes. Y seguiría supurando amor por todas las cosas mientras en mis encías hay astillas que se clavan. Te vuelvo la espalda y me alejo. No. Tengo que irme a dormir. Todo esto es ficción. Es más, son sólo palabras. No. Todo esto es un vudú de otra cosa.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Tenía tantas ganas de actualizar borracho...

Aprendí algo nuevo hoy,
algo distinto a todo lo que sabía.
No vino de unas canas y una corbata,
ni de la televisión ni de Internet.
Vino de una trompeta y de unas cicatrices,
de un sonido de viento y perdigón a las costillas.
De un sentimiento distinto en las mismas sonrisas,
en los amigos y el rimo latino que da color a los platos.
Me esforcé en olvidar lo que ya sabía para aislar lo nuevo y hacerlo mejor.
Las siete colinas, y un on the rocks con regusto a óxido.
Es un microsegundo donde coinciden los bongos y el viento y el codo en la posición correcta
y la rubia y la morena y el rayo de luz rosa y el destello de chaleco mojado aprendí algo:
que es inútil hacer planes. 

jueves, 10 de noviembre de 2011

"Está en nuestra naturaleza"

pensaba mientras frotaba la sangre seca de la comisura de mi boca con un paño húmedo
y seguía buscando un trozo de tu pezón por el suelo.
Me encantó cómo hicimos la cama en absoluto silencio,
sin apenas mirarnos.
Fue tan… cruel.
Y comenzó a amanecer y entonces te abracé,
pero no pude evitar hacerlo cada vez más fuerte, y no pudiste evitar
mutar tus caricias y hendirme las uñas en la espalda.
Y a pesar de tener todavía los ojos hinchados
fui a buscar la sal.

Martes

Era martes
pero tenía otro aspecto.
Se veía en las fachadas de las casas,
en los escaparates de las tiendas.
Pregunté a un señor mayor qué día era;
me dijo “martes”, seguí caminando un rato.
Con su gorro extendido sobre el suelo
un violinista callejero, bien vestido,
se moría de pasión.

domingo, 9 de octubre de 2011

Escritura automática #1

En el centro, de noche. Llevo caminando sesenta horas. Perdona, ¿me das un cigarro? No fumo, quiero un cigarro. No fumo. Un cuarto de níquel rasco en las profundidades de mi bolsillo, es de noche. He tenido un extraño pensamiento antes, con esa gaviota, con cierto deseo sexual contenido, del tipo materialista. Poseer un cuerpo, no el de la gaviota, la gaviota era… una llave para otra cosa. Siete columnas sostienen los porches del paseo, los colores son amarillentos, cobrizos… Y un perro que ve en blanco y negro se acerca, jadeante: ¿tienes un cigarro? No creo que lleguemos a ser muy buenos amigos, pero caminamos juntos con esa actitud desafiante, el uno hacia el otro, con esa actitud jadeante. “Déjame escucharte” le pido en silencio, y cada pelo de su cuerpo parece emitir un sonido casi inaudible, derribado por el viento. Es de noche y he pasado el puente, sobre el canal. Las obras son feas, como maquillar a una mujer y dejarle el maquillaje puesto, maquillándose infinitamente, sin estar más guapa en ningún momento. Hay algo en las estrellas, además, algo que te recuerda lo pequeño que eres: si ves a esos inmensos astros así de minúsculos, ¿cómo te verías tú mirándote desde allá arriba? La única manera es ser una muralla china, una pirámide de Keops, una selva amazónica. Pero no lo eres, eres un pedacito de carne, de células pegadas unas a otras, y si pudieras mirar cada célula de tu cuerpo como miras esa estrella, ¿te sentirías así de pequeño? Te quiero, es distinto. A tu puñado de células pegadas unas a otras, a tu pelo de células y a tus manos de células, pegadas, que forman algo que acaba por alzarse por encima de la ciencia, como los humanos pintamos un cuadro que está por encima de nosotros. Hacer de cada célula poesía… mirar fijamente a un trozo de madera hasta que sea una pequeña parte de ti, aceptarlo como un igual… y a una molécula de agua, y a un plástico, y al filete que te estás comiendo y a un gran excremento. No somos mejores que un trozo de mierda, al menos no vistos desde esa gran estrella… pero sí mirándonos a los ojos, comprendiendo lo que hay en el otro, que atraviesa córnea iris pupila cristalino retina nervio óptico alma. Y de repente el perro se pone a ladrar, y ladro con él, a los coches, a la basura, a la gente, a los otros perros, a la luna y finalmente a él y él a mí, y acabamos riéndonos bueno él no y entonces riéndome recuerdo que él no sabe por qué me estoy riendo o qué es la risa o qué es el ser humano. Yo tampoco lo sé pero al fin y al cabo soy uno y tengo ese derecho a reírme. A reírme y resonar en las murallas y las pirámides y las selvas y las estrellas. Llevo sesenta horas y media caminando y parece que ya es hora de empezar a correr.