I propose a wall that tries to interact in the busy life of the
people through a place to share and exchange. The main concept is to create a
place in the middle of the routine life of the people who go to work or to the
university everyday. To make it possible, I imagine a wall that takes you only
few minutes of your day to take a book or to put a book in the wall.
I have designed a wall composed with different boxes that make it
possible to have the utopic idea of share and exchange. People can put their
books in the different boxes to be share and exchange with a stranger and when
they have finished the book; they can take back the book, creating a chain of
share and exchange.
The proposal can be temporary or permanent. Nowadays, the metro wall
is placed between vibrant public spaces like a shopping centre, an university
or green areas. It is a place in constant interaction with the life of the
people. Thinking about the future, when the metro station will finish, I
understand it as a place of constant movement of people but at the same time a
place to stay, which gives you some time for yourself, waiting for the metro or
sitting on it.
Materials:
The wall and the stairs are made with natural wood coming from
recovered materials. The boxes are made with translucent plastic doing possible
to watch the books through them but always keeping the mystery of what is the
book inside the box. The sticks are made with wood with different colours
trying to create a dynamic and colourful place.
Mientras ella agarraba el cinturón con su
mano derecha, yo miraba desnudo a través de la oscura ventana sintiendo el
escalofrió placentero de la antesala a la felicidad. Mi excitación incrementaba
exponencialmente , cada uno de los pelos que componen mi cuerpo se erizaban sin
haber sentido ni siquiera un mísero roce. Ella solo miraba mi cuerpo desnudo
provocando la efervescencia y aumento de temperatura de mi flujo sanguíneo. Vislumbré
una mañana de verano, arena de la playa entrelazada entre sus dedos. Las uñas
esmaltadas y una sutil margarita tallada en la ultima de sus extremidades. Dos
hermanos gemelos jugaban en la orilla mientras el silencio reinaba en el lugar
dejando únicamente como banda sonora las olas del mar. Una mujer obesa bebía
una coca cola en botella de cristal, sin hielo y sin pajita. Los arboles
cotilleaban las cómicas escenas domesticas del lugar al ritmo de la tramontana.
Un perro, un bebé llorando en los brazos de su madre, su marido colocando la
sombrilla de la playa, un par de sillas de nailon a rayas de color blanco y
azul, y una nevera donde albergar los bocados típicos para el que sería un día
perfecto de verano. De forma extraña, el
silencio se apoderaba del lugar y podía contemplar desde mi aislamiento cada
detalle que acaecía en la escena del lugar.
Apretó sin miramiento el cinturón atado a una
de las patas de la cama típica de la postguerra contra mi cuello. Yo continuaba
mirando a través de la oscura ventana. Expulse una gota de sudor al mismo
tiempo que se esclarecía cada detalle de aquélla mañana de verano. Me levantaba
de la toalla y me dirigía hacia el agua del mar. La primera sensación fue de
agobio, de inmensidad, pero a los pocos segundos, con mi cuerpo ya aclimatado, me
suspendía sobre la superficie como una sustancia inerte. Una máxima relajación
muscular producida por el cambio de estado me encerraba ante el mundo, abriendo
caminos hacia un lugar concreto y desconocido. Apretó sus dientes contra mi
espalda con el cinturón en máxima tensión. Yo continuaba observando a través de
la oscuridad de la ventana. Encerrado en el mar, el sol aparecía de entre las
montañas. A lo lejos se podía vislumbrar un pequeño barco velero movido al
suave vaivén de la olas. Dos tranquilas gaviotas miraban el horizonte desde la
orilla rocosas. La bandera de vida y muerte ondeaba ágil en el último extremo
del acantilado mientras alguien con red en mano se introducía en él, intentando
atrapar uno de esos cangrejos de horroroso paladar. Yo, como estrella dejándose
llevar por el mar, como espectador omnipresente, contemplaba cada alteración que
se daba en aquella mañana de verano.
Ella interfirió en la escena que estaba
acaeciendo ante mi, obstaculizando mi visión a través de la oscuridad de la
ventana. Seguidamente, clavó sus ojos en los míos, pasaron tres segundos los
cuales parecieron horas eternas de espera en la antesala a la felicidad. Sentí la
última bofetada. Nada, ni nadie salvo mi yo con el mundo, el mundo conmigo y el
amor a mis seres queridos.
Sucedió
mientras tomábamos café en una plaza cerca del río. Súbitamente interrumpimos
la conversación para mirarnos a los ojos, uno de los dos (el que estuviera
hablando en ese momento) dejó de hablar. Desde mi experiencia, puedo decir que
me sobrevino el instante. De repente fui demasiado consciente del tiempo y de
mi posición en el universo, o al menos esa es la sensación que me queda. La
sensación de un recuerdo de un recuerdo, quién sabe si tan solo fue un
escalofrío mitificado por mi vena dramática. El caso es que ambos respondimos
igual a algún tipo de estímulo (viniese desde dentro o desde fuera), y después
proseguimos con nuestras intrascendencias. Nos acabamos el café. Pagamos la
cuenta. No hablamos de ello nunca jamás, pero aún caminando por el río resonaba
en mis entrañas, y no dejaba de preguntarme si él también sentía lo mismo, sin
llegárselo nunca a preguntar.
Recuerdo
su mirada hoy, su mirada en ese momento, como verme en un espejo hecho de otra
persona. Quizá fuera el fin del mundo en otro universo, si se cree en la teoría
de los multiversos. Una explosión que sintió nuestro yo de otro universo
posible, una fisión de neutrones cuya expansividad cruzó la materia y sacudió
nuestros huesos. Y después terminamos el café y pagamos la cuenta. No. Después
vino un negro a vendernos películas pirata, con una sonrisa radiante que
rechazamos. Puede que esté exagerando su sonrisa. Puede que esté exagerándolo
todo. Quizá fue solo una corriente de frío. Quizá fue una breve conexión
telepática, el destello sobrenatural de una amistad construida durante años,
día tras día. Incluso si hacía años que no nos veíamos, no puedo ignorar la
sensación de que un grupo de células habían estado preocupadas por él. Una
parte de mi cuerpo.
Lo
curioso es que de esa tarde no recuerdo nada más. Quizá me he precipitado
incluso a contarlo, por ausencia de clímax a falta de una palabra mejor. Recuerdo
el sonido del metro por la mañana. He olvidado el ruido, he desechado la parte
desagradable de su tracción. Acudía a mi cita gestando un abrazo en cada cara
que recorría mi mirada. Y había tantas, que decidía solo concentrarme en las
amables y en las misteriosas. Después descubrí que los cuerpos eran incluso más
interesantes, mucho más difíciles de descifrar, con lo cual ejercitaba mi
intuición en busca de una mayor recompensa. Si hubiera compartido un instante multiversal
con uno de esos desconocidos probablemente mi vida hubiese cambiado para
siempre. Y no negaré que, desde que tuve constancia de que tal sensación
existía, la busco en cada par de ojos sean amigos o no amigos. La busco en los
desconocidos. Cojones, la busco hasta en los tuertos, e incluso limpiando algún
pescado me he reservado unos segundos de intimidad mirando al bicho a los ojos.
Supongo
que, si llega el momento de ser sincero conmigo mismo, admitiré que se ha
convertido en una obsesión. Pero ese momento no ha llegado todavía, así que de
momento lo definiré como una práctica. De hecho, si llega el momento de ser
sincero con mi amigo, si le recuerdo aquel momento en el que nuestras dos
infinitudes se cruzaron, probablemente caiga tal responsabilidad sobre nosotros
que acabemos por no hablarnos nunca más, por encerrarnos en nosotros mismos
bajo el peso de la magia, por suicidarnos años después, solos y viejos. Quizá
por eso nunca lo hablamos, por no hacer del misterio un asesino de vidas. Por
no dejar que un instante nos quitara la casa, el coche, la mujer y los hijos, al
hacernos entender de manera definitiva que no hay diferencia entre la eternidad
y el instante. Ahora me queda el poso de eso, me ata la racionalización, que reduce
esa encrucijada a lo práctico, la reduce al capital, a perderme por la India
durante un mes con un hogar al que volver. Aceptar mi nexo con el sistema. Domesticado.
La otra dirección conduce al manicomio.
Sentado en este sillón
o, debería decir, engullido por este sillón (convencido de que eventualmente
acabaré dentro de la gomaespuma y los muelles). Hay un montón de gente pesada a
mi alrededor, que no dejan de hablar y de decir tonterías (o de no-decir
tonterías, no sé si se me entiende). A ver, que yo soy muy tolerante y tal, eso
sí con las personas y no con la gente, ama al pecador y odia al pecado y todo
eso, pero es que lo único que me une con estos es un sentimiento generalizado
de “a casa no” que parece justificar toda conducta impropia de la civilización
en la que coexistimos (se ha perdido el concepto piscolabis). No es que yo sea
muy exigente a estas horas (ya he aceptado la presencia de luz solar hace buen
rato), pero es que hay demasiados cuadros por camisa aquí, mucha risa tonta,
poco respeto así en general. Y es triste no poder compartir bien un mañaneo,
que es como separarse del tiempo y dejar de estar en el tiempo, has atravesado
la línea que separa al sapiens sapiens del
verdadero humano, el superhombre y todo eso. Un alguien sin miedo a las
etiquetas del mañana, quiero decir, para el que el almuerzo y el desayuno
pueden ser la misma cosa o ni existir. No hace falta que las palabras sean tan
rígidas siempre y tal, vamos, que no nos domina nadie después de tantas horas
de fiesta, y el sueño simplemente se ha despriorizado de manera evolutiva
normal. Aquí no hay politiqueo, no hay bienquedar,
no hay horarios para pasear al perro o platos que lavar. No importa eso,
importa pasárselo bien aunque tampoco es pasárselo bien, es estar en un estado
de latencia raro, bienmal, pero estar por una vez suspendido en el tejido, sin
aferrarte a una madre o a un Dios o a unas responsabilidades que te marquen un
camino. No hay camino, a casa no.
Pero esta gente no
entiende de la misma manera que yo. No los culpo, bueno sí los culpo, pero
desde una perspectiva subjetiva, quiero decir que quién soy yo para juzgarlos, ¿no?
Al fin y al cabo son mis amigos y todo eso. Me cago en la puta, si soy yo el
que está en este sillón y lleva ya a saber cuanto rato en este mundo sin horas
sin decir una sola palabra hacia fuera. Palabras hacia fuera, pero que tampoco
sean solo hacia fuera, que vayan para dentro de algo porque aquí es que todos
hablan pero todo lo que dicen flota y los muebles no tienen orejas. Vamos que no
es eso lo que quiero decir, que nadie se entera de nada, los ves y no se
enteran los unos de los otros. Joder, si es que soy yo el que se entera de
ellos, estoy aquí de espectador. Estoy como viendo un reality y comentando conmigo mismo la jugada: qué tontos son todos,
tontos tontos tontostodos pero aquí estoy viéndolo como un tonto yo también.
Buscar amigos inteligentes. Construir robots inteligentes. Volverme tonto.
Cambiar mi perspectiva sobre la inteligencia. Inteligencia emocional mejor, lo
otro es otra cosa que me interesa menos. Pero también me interesa, o yo que sé.
Qué mierda todo, voy a levantarme a poner música, eso lo arregla todo. Y luego
a dormir. Eso, poner música y a dormir. Acabar con este brote de odio de
Kalashnikov. La putada es que con tantas horas de fiesta encima no soñaré nada,
todo será negro durante mucho rato. El aquí y el ahora es una cápsula aislada
del pasado y el futuro. El presente es lo único que existe. Al menos hemos
alcanzado eso. Para algo servirá, digo yo.
Quiero que los políticos que gobiernen mi país hayan disfrutado de un buen asado con patatas.
Quiero que quien gobierne mi país haya pasado horas en la cama mirando al techo,
pensando sólo en excusas para no levantarse.
Quiero que quien me gobierne haya rescatado a un cachorro herido en la calle,
lo haya curado en su casa y le haya encontrado un hogar.
Quiero que quien me gobierne haya visto amanecer en veinte países distintos,
que haya cogido el metro sin pagar,
que haya despertado en un lugar desconocido odiándose por lo que hizo anoche.
Quiero que el presidente de mi país sepa lo que es cazar un animal salvaje,
quiero que haya sido el hazmerreír en una rave,
quiero que haya hundido los dedos en el coño de una prostituta
en un baño de un bar de carretera sucio
donde el tubo fluorescente desvela a cada parpadeo una nueva imperfección en el rostro de la mujer.
Espero que le haya dejado una buena propina por un buen servicio.
Quiero que los políticos encargados de decidir sobre mi vida hablen ocho idiomas,
hayan compuesto una canción, pintado un cuadro y escrito una novela.
Quiero que quien me gobierne tenga fantasías sexuales por cumplir,
y piense en ellas mientras está dándole vueltas a los presupuestos,
o a la contratación de nuevos ministros
o sea lo que sea lo que hace la clase política.
Me encantaría que se hubiera pegado con alguien sólo por el placer de hacerlo,
y se hubiera lamido las heridas luego,
como un perro,
disfrutando del sabor metálico de su sangre.
Exijo al menos que haya sido vagabundo durante una temporada,
alcohólico durante otra,
que haya estado en la cárcel, que haya batido algún récord,
que se le haya muerto su mejor amigo, que aún tenga por vivir los mejores años de su vida.
Quiero que quien me gobierne tenga muy claro que querer y que te quieran es lo más importante.
Que haya visitado los confines de la psiconáutica y se haya visto a sí mismo desde fuera como un monstruo. Que haya estudiado tres carreras.
Que haya vomitado, sangrado y besado más que yo,
que folle mejor que yo,
que se ría más a menudo que yo.
Quiero que quien gobierne a mis amigos y a mi familia regrese a casa en busca de la sonrisa de sus hijos,
y que en el momento de recibirla se olvide de las decenas de millones de personas que dependen de sus decisiones.
Quiero que quien me gobierne sea humano,
quiero que haya vivido,
quiero que se gane mi respeto.
Es lo mínimo que se puede pedir.
Me ha ocurrido algo extraordinario viniendo para casa, y aún estoy intentando buscar las palabras para describirlo bien y darle una coherencia, y que salga un poco de mí. Estaba en el coche, escuchando el Pet Sounds, y he visto a una familia cruzar el semáforo. Una negra vestida con una tela azul brillante y sus tres hijos, uno de ellos empujando el carrito del más pequeño. Entonces me ha venido el flash, un fogonazo precedido por el parpadeo inconsciente que me ha trasladado por un momento a otra realidad, que me ha sustituido las imágenes, los sonidos, los olores, las sensaciones táctiles… por números, o caracteres mejor dicho. Caracteres raros pero que podía entender, como un código cero o un reset de las percepciones. Como si fuera el mismo momento pero compuesto por las verdaderas partículas de la realidad, el código fuente… como si entendiera el lenguaje de Matrix (y me revienta usar este referente porque se queda tan pequeño…). Ha durado lo que han durado mis ojos abiertos hasta el siguiente parpadeo. Y después frenazo, pitido de los coches que iban detrás y vuelta a mi plano de existencia.
La experiencia me ha dejado un montón de descubrimientos en la punta de los dedos, pero nada que pueda agarrar y afrontar como verdadero. A pesar de sentir con toda convicción que donde he estado es en la verdad, como si se me permitiera ver y estar en las cosas como son, acceder a un lenguaje cero con un cuerpo que no necesita descifrar los estímulos porque se me ha eliminado el verbo parecer del organismo. Por única vez puedo usar el ser de manera integral. Los segundos en los que ha transcurrido esto eran una eternidad y a la vez un destello, y es a mi memoria a la que se le ha cargado todo el trabajo fuerte, el de ordenar y recodificar toda esa información infinita.
Por ejemplo, los códigos (o no-códigos) dependían mucho de los colores y los sonidos. Ahora mismo si reconstruyo el momento en mi cabeza lo que veo son verdes, rojos, azules… en realidad estoy convencido que eran colores que no existen (quiero decir, en esta realidad nuestra), y los sonidos no entraban por el oído sino que estaban en todo, resonando en el resto de estímulos y desviándolos. Dándoles matices. La mujer negra y su familia eran una cosa desnuda, y parecía poder ignorar el vestido azul brillante y la piel y veía una corriente de fuerza, un núcleo frágil hacia dentro y muy fuerte hacia fuera. Veía cómo, desde esta realidad, lo que hacemos es apilar un montón de códigos, de lenguajes que recubren ese núcleo en varias capas: la familia, la raza, la forma de vestir, el hecho simplemente de ir hacia algún sitio en lugar de estar permanentemente en cada sitio… mi propio ojo entre lo que “veía” y ellos, y el cristal del coche, y las partículas de aire. También los conceptos de distancia, tamaño, proporción, la relatividad, la gravedad, el tiempo, la muerte… todos esos sistemas de símbolos que hemos creado para interpretar nuestro mundo, basados en nuestras características fisiológicas, se habían borrado y mi condición era la de un neandertal de la sinapsis, un niño con la experiencia vital de un adulto.
Me alegro que me haya sucedido con el Pet Sounds sonando, un códice del optimismo y la armonía. Probablemente el viaje se hubiera echado a perder con los 40 principales rebotando sus mentiras en ese contexto. Los Beach Boys me proporcionaban ese enlace entre “mi” realidad y “la” realidad, aunque por supuesto mi manera de percibirlos no tenía nada que ver con la habitual. Ha sido con la canción You still belive in me, condensando toda la ciencia del buen rollo, la tecnología de la verdad. Y he comprendido también que el arte es lo más cierto, la cima del hombre, la oportunidad de que el subconsciente tome las riendas de la vida por un momento, y se vuelque en la belleza, en lo puro, y que nos dejemos de gilipolleces.
Y el círculo ha quedado cerrado cuando he encendido el ordenador para contar esto, y Windows me ha remitido el mensaje “ES POSIBLE QUE SU SOFTWARE NO SEA ORIGINAL”. Es imposible trasladar el grado al que ha llegado el absurdo, ¿qué quiere decir eso? ¿qué significa en términos de verdad, de belleza, qué tiene que ver con mi mundología? Y con el choque de dos mundos tan opuestos me pregunto, ¿ha sido esto un síntoma de locura? ¿es así como sienten los locos? Podría haberlo tomado como una señal divina, pero la sensación se acerca más a haberme convertido yo mismo en un Dios por un momento, haberme revelado como un pequeño Dios (en ningún caso el único Dios); ¿existen cultos en torno a esto? ¿le ha pasado a alguien más? Seguro que sí. Quizá sea un paso adelante en la evolución humana, yo que sé. Sólo sé que viviré cada día con temor e ilusión de que me vuelva a pasar.