jueves, 9 de febrero de 2012

Benjamín

Había ciertos detalles en la casa que indicaban cierto nivel de enfermedad: las marcas de llave en la madera que rodea la cerradura de la puerta, los restos de pintalabios en la antena del teléfono, los pequeños fragmentos de cristal que se escondían debajo del sofá… Jorge no se dio cuenta de nada de esto cuando fue a dormir a casa de su amigo Dani.

Se habían conocido ese año. Dani era repetidor. Un chico enigmático, magnético, que manejaba un vocabulario muy pobre pero solía decir cosas honestas. Jorge y él habían conectado muy rápido; sus caminos de interés por las cosas nuevas se habían cruzado: descubrían a Radiohead y Pulp Fiction. Día a día trabajaban su desprecio por el resto de la clase.

Dani entró primero en la casa, y le hizo una señal a Jorge para que mantuviera silencio. Avanzaron poco a poco, descansando el peso de sus mochilas sobre la espalda. La casa era vieja, olía a vejez y a aburrimiento. El espejo del recibidor era un óvalo enmarcado en dorado. El pasillo era largo y, mientras avanzaban por él, un ruido que vino de detrás precipitó los últimos pasos. Llegaron al cuarto de Dani y echaron el cerrojo (con la madera de su alrededor astillada, señal de que había sido forzado y reinstalado varias veces). El dueño encendió la minicadena y pasó la primera canción. Escucharon Pyramid Song en silencio, uno tumbado en la cama y otro sentado en la silla, moviéndola de izquierda a derecha sobre su eje. Suavemente. Por primera vez en su vida conseguían omitir la información que les llegaba a través de sus ojos y sólo importaban los oídos y lo de dentro. Las paredes blancas eran un lienzo donde proyectaban sus emociones adolescentes, de un oscuro morboso, mientras resonaban en el otro.

Llamaron a la puerta, cortando un momento intensísimo, y Dani descorrió el cerrojo entendiendo que su madre jamás comprendería que los estaba insultando. Les ofreció algo de merendar, y lo denegaron automáticamente. El subconsciente de Jorge examinó a la madre, percibiendo absoluta normalidad, hasta que quedó aterrorizado por la larga mancha de carmín en los dientes, la sonrisa enferma. Pero Jorge no lo percibió de forma consciente, y quedó como una pequeña oleada de negatividad escondida en un sentimiento general poco positivo.

-    Te acuerdas de qué día es mañana, ¿verdad Daniel?

Se despidió así, antes de cerrar la puerta. Dani asintió con la cabeza y eso fue todo. La frase despedía un cariz entre la ilusión y la amenaza. Y pronto Jorge preguntó interesado:

-    ¿Qué pasa mañana?
-    Nada, es el cumpleaños de mi hermano.
-    No sabía que tenías un hermano.

Pasaron el resto de la tarde jugando a la consola, viendo vídeos de YouTube y escuchando más música. Hablaron poco, sólo frases sueltas que se derivaban de lo que estaban viendo, oyendo o jugando. La conversación de verdad empezó en la cama, en la oscuridad, arropados por las sábanas y mirando al techo.

-    Entonces… ¿nos morimos y ya está?
-    Sí, no hay nada.
-    Tiene sentido.

Tardaron un par de horas, pero se quedaron dormidos. Jorge tardó unos minutos más, después de comprobar que su compañero había caído y sintiéndose muy extraño y solo, en esa casa. ¿Qué hacía en esa casa? Podía haber ido sólo a pasar la tarde y ya está. Y además, estaba Laura. Empezó a entrar con fuerza en su cabeza. De lo único que no se había atrevido a hablar con Dani. Quedaba el consuelo de que al día siguiente, por la mañana, iría a recogerlo su padre. Salir de ahí.

Pero su padre llamó esa mañana y dijo que no podía ir, que le había surgido algo. Jorge odiaba cuando a su padre le surgía “algo”. Su padre le pidió que se quedara a comer, que llegaría después.

-    Era mi padre. Me ha dicho… que si me puedo quedar a comer con vosotros.
A Dani se le aceleró el pulso, se le dilataron las pupilas. Apretó los puños clavando las uñas en la carne.
-    No, no no. No puedes.
-    ¿No puedo, tío? Pero tu madre me dijo que…
-    No puedes, mi madre… da igual, que no, tío. Es el cumpleaños de mi hermano.
-    ¿Y qué? Como y me voy, es que de verdad, no puedo irme aún, tengo que esperar a mi padre…

La madre de Dani abrió la puerta: “¿cómo no te vas a quedar? No hay ningún problema, Jorge, como si estuvieras en tu casa”. ¿Los había estado escuchando? La mujer estaba excesivamente maquillada, gotas de rímel se solidificaban sobre sus pestañas, la pintura de uñas resplandecía fresca, y la inquietante mancha de carmín seguía ahí.

Hasta la hora de comer, la ansiedad de Dani fue haciéndose cada vez más visible. La amistad que se había estado forjando entre los dos chicos de repente había vuelto al punto cero. Cada vez que Jorge intentaba decirle algo a su amigo, este parecía estar a kilómetros de distancia. Cuando se sentaron a la mesa, era ya como si no se conocieran.

Primer plato, segundo plato… y Jorge continuaba preguntándose dónde estaba el hermano. La ausencia del padre era mucho más justificable: aunque Dani no le había dicho nada al respecto, podía estar de viaje, o muerto… pero que no estuviera el hermano, en su propio cumpleaños, era perturbador. La comida en sí no era nada especial en ningún sentido. Carente de personalidad, de identidad, de amor, de alegría de vivir. La madre apenas tocó su plato, pero miraba sonriente a los chicos esperando a que acabasen. En el instante en el que Jorge dio su último bocado, pegó un pequeño grito de alegría anunciando la tarta.

-    ¡Muy bien, chicos! Voy a por la tarta. Daniel, ve avisando a Benjamín, por favor.

La madre se levantó. Dani echó una mirada a Jorge que volvía a conectarlos, incluso iba mucho más allá. Los encerraba a los dos en una intimidad infinita, y los ojos de Dani expresaron vergüenza, demandaron compasión y pidieron cariño a gritos. Jorge intentó responder a todo como lo haría un amigo de verdad, intentando aprender a usar sus ojos como usaba su garganta. Todo ocurrió en un segundo. Dani se levantó y fue a por su hermano.

Jorge se quedó mirando a la pared, recorrió con la mirada las estanterías, las fotos enmarcadas, las figuritas, la televisión… mientras escuchaba los pasos de la madre, mientras escuchaba a Dani abrir una puerta y entrar en una habitación. La madre llegó y puso la tarta sobre la mesa, lanzo una mirada esperanzadora hacia la dirección de donde venía Dani. Con su hermano. Jorge miró automáticamente hacia esa dirección.

Dani no venía con nadie. Pero venía con algo en las manos. Algo que, paso a paso, se iba concretando. A dos pasos de Jorge este ya lo veía perfectamente: era un tarro de cristal, perfectamente cilíndrico y cerrado, de un palmo de alto y medio de ancho, que guardaba un feto inerte suspendido en el líquido que lo llenaba. El corazón de Jorge se hundió mientras veía a su amigo dejarlo sobre la mesa, con una lágrima luchando por no caerse del párpado. El terror por el carmín pasó a un plano consciente, mientras la madre lo exhibía abriendo la sonrisa y encendiendo las velas de la tarta. “Sopla, Benjamín”, y la madre se quedaba esperando con la mirada clavada en el aborto, como si ese trozo de carne fuese a reaccionar. Dani se cubrió la boca con la mano y sopló disimuladamente. Las velas se movieron. Volvió a soplar más fuerte y se apagaron. La madre aplaudió contenta. Las lágrimas de Dani rodaron sobre su mano, diciendo “nunca me han querido”. Jorge continuaba silente, interpretando esa realidad como si fuera un sueño. “Bueno, qué, ¿no le has comprado nada a tu hermano?” Dani sacó de su bolsillo un pequeño paquete rojo, con la mano temblorosa. Se lo dio a su madre y esta lo abrió con avidez. Su expresión se volvió seria y mortal, miró a su hijo con profunda decepción, alzando una pequeña pajarita roja entre sus dedos.

-    ¿Qué coño es esto?
-    Es… para Benjamín… - Dani hacía verdaderos esfuerzos para contener el nudo en su garganta – para que se lo ponga…
-    ¿Te crees que esto es una puta broma? – La madre se cargaba de violencia en las palabras, en la tensión de su piel - ¡Tu hermano tiene ya veintitrés años! ¿Qué coño va a hacer con una puta pajarita? Eres un hijo de puta. ¡Pídele perdón a tu hermano! ¡Eres un hijo de puta!
-    ¡Perdón! – Dani rompió a llorar.
-    No es a mí a quien le tienes que pedir perdón. Le has hecho daño a Benjamín. Pídele perdón a él – la madre acercó el tarro a Dani, el líquido de dentro se agitó violentamente – Estás ridiculizando a tu hermano.

Dani miró a Benjamín. Pasaron por su cabeza infinidad de pensamientos en un segundo, al tiempo que se serenaba y cortaba el grifo de sus lágrimas. Respiró muy fuerte, aspiró toda la dignidad perdida. Arrancó el tarro de las manos de su madre y lo arrojó al suelo con fuerza. El cristal se rompió en mil pedazos, el líquido se expandió en círculos concéntricos, adquiriendo la forma de las líneas del parquet. El feto rebotó para después dejarse llevar por la pequeña corriente. La madre se volvió histérica, comenzó a gritar mientras trataba de coger a su aborto del suelo y este se escurría una y otra vez de entre sus manos.

-    Lo siento, mamá – le decía Dani mientras volvía a sollozar -. Es un hijo que te ha salido mal, no pasa nada.  Déjalo, mamá, no pasa nada… - reculaba poco a poco, hacia la puerta de entrada, mientras la madre abría un armario lleno de botes de formaldehído y de tarros de cristal – Es un hijo que te nació muerto, yo estoy bien, yo estoy vivo. Lo siento, mamá…

Jorge reaccionó, por fin. Se levantó de un impulso, cogió a Dani del brazo y lo condujo a paso muy rápido hacia la puerta, hacia el ascensor, hacia la calle… Los gritos de la madre iban amortiguándose en la distancia, tras las paredes. Una vez en la calle, Jorge llamó a su padre. Habló con él moviéndose de un lado a otro, lleno de nervios. “Hijo, me pillas en una reunión. Te llamo en media hora, ¿vale?”. La calle era un pasillo infinito. El sol resplandecía naranja, llenándolo todo de vida. Los dos amigos pensaron en abrazarse pero no lo hicieron, y se quedaron ahí, mirándose de vez en cuando, hasta que Jorge volvió a pensar en Laura y propuso ir tomar una cocacola. Todo iba a salir bien.

martes, 3 de enero de 2012

Cool out, Bop in

Abrió el cajón agobiado, en busca de un cigarrillo. Por un momento temía perder el control, pero en cuanto su organismo absorbió la nicotina todo el universo se detuvo de nuevo. Thompson fumaba por el mismo motivo por el que hacía todo lo demás: porque era lo que tenía que hacer. Había terminado su trabajo como estaba previsto, y ahora esperaba en silencio en su oficina a que dieran las diez y media.

Jamás había tomado riesgos, nunca se había salido de lo establecido. Una vida que resumen los libros de texto más elementales: nacer, crecer, relacionarse, reproducirse y morir. De haber nacido como planta o como perro, su vida sólo habría variado en forma, y no en contenido. Dormir, comer, trabajar… llenaba su tiempo libre con largos silencios y manejaba las interacciones sociales justas para que su supervivencia pudiera desarrollarse con normalidad. Tenía todas las respuestas necesarias para que nadie se viera tentado a hacerle más preguntas de las necesarias.

Pero ese día era distinto. Si Thompson llevaba veintiséis años preocupándose de su supervivencia como individuo, ahora empezaba a preocuparse por la supervivencia de su especie. Era lo que tocaba. Lo sentía (dentro de lo que para él significaba “sentir”) escrito en su inercia, y debía elegir las condiciones propicias para hacerlo posible de la manera más aséptica posible. Limitaba la búsqueda al entorno de su oficina, donde más posibilidades había de que surgiera una relación. Dentro de las mujeres que trabajaban allí Margaret era, sin duda, la que ofrecía una mejor combinación genética: rubia, ojos azules, piel suave, alta, esbelta… garantizaba unos hijos guapos y sanos. Ya sólo faltaba concretar la ocasión perfecta para acercarse a ella. El momento en el que estuviera más vulnerable, para que Thompson no tuviera que esforzarse más allá del manual.

Nochevieja de 1956. Fiesta en la oficina. Un contexto cerrado, donde podría destacar fácilmente sobre los demás hombres, alcohol para facilitar el acceso, música suave… todo bajo control. Aunque desde aquel cigarro hasta el comienzo de la fiesta los minutos se le hicieron eternos, el momento llegó como estaba previsto. Thompson la miraba desde el otro lado de la sala, veía cómo el whisky iba minando su sensibilidad, cómo afloraban cada vez más las grandes sonrisas, con esos dientes perfectos que algún día pasarían a las bocas de sus hijos. Cuando la cuenta atrás llegara a su fin, cuando el clímax del nuevo año se impusiera en el ánimo general de los asistentes, Thompson acortaría rápidamente las distancias y se presentaría como el hombre apuesto, encantador y atento que había ensayado ser… pero nada ocurrió según lo planeado.
Cuando el reloj marcó las doce, y el cuerpo de Thompson viró hasta centrarse en la dirección de Margaret; un corcho impulsado por un estallido de champán a cuarenta kilómetros por hora rebotó en la frente del hombre apuesto, encantador y atento y lo hizo caer al suelo dejando un visible círculo rojo en el lugar del impacto.

Lo primero que vio Thompson, aún en el suelo, nada más recuperarse de la desorientación fue la cara redonda de una chica que sostenía una expresión preocupada: “¿Estás bien?” La asesina del corcho ayudó a levantarse a su víctima y, sin soltarle el brazo, rompió el silencio con una sonora carcajada. Toda la estancia empezó a reír, e incluso Thompson lo hizo (aunque por pura corrección social).

Sin saber muy bien cómo, cinco minutos después del incidente Thompson continuaba hablando con la chica. Era morena, bajita, tenía una constelación de espinillas en el lado izquierdo de la cara y unos pendientes que no se correspondían estéticamente con su vestido. Hablaba mucho, de cosas que a Thompson no interesaban en absoluto. La chica le insistió para que bebiera una copa de champán, que él acabó aceptando para ver si se apaciguaba el intenso dolor de cabeza. Cogió la copa en su mano y le dio un trago. Había bebido antes (no hasta emborracharse, sólo para mantener su imagen), pero por primera vez le apetecía de verdad. Se acordó de inmediato de Margaret y fue a buscarla con los ojos. Pero cuando la encontró se llevó una decepción inesperada: vio su exceso de maquillaje, las sombras que hacía su flequillo en la frente, y fue bajando y vio sus codos resecos, sus rodillas metidas para dentro, sus exagerados tacones… De repente la vio sonreír ampliamente, y Thompson dio un respingo al contemplar la exageración de su mandíbula, que le obligó a volver a la conversación con la nueva chica. Por primera vez la encontró sumamente agradable y esto, al mismo tiempo, le hundió en un pozo de inseguridad. Se dio cuenta de que no tenía códigos, de que no sabía qué hacer y qué no hacer con una mujer que escapara a los estándares, y se puso pálido mientras su dolor de cabeza ganaba intensidad.

“No estoy bien, me duele la cabeza”, acertó a decir. “No te preocupes, toma esto”, la chica rebuscó en su bolso y sacó un pequeño joyero del que extrajo dos pastillas. Se tragó una con un trago de champán y le dio la otra a Thompson. “Trágatelo, ¿cómo te llamas?”. “Thompson… ¿qué es?”, dijo él tragándose la pastilla. “Es bencedrina, te sentará bien. Bueno, te estoy mintiendo. Sólo te sentará bien si vienes conmigo”. “Vale, pero, ¿tú cómo te llamas?”. “Dímelo tú, ¿cómo me llamo?”. Thompson pensó un momento o, mejor dicho, no pensó. No pensó por una vez en su vida y dijo: “Anita, te llamas Anita”. Anita sonrió, le cogió de la mano y lo arrastró hasta la salida.

Fue en la calle cuando Thompson se dio cuenta por primera vez de lo que acababa de suceder. Había recibido un buen golpe, se había tomado una pastilla sin siquiera conocer sus efectos, y estaba siendo arrastrado calle abajo por una desconocida a la que acababa de poner nombre. Tras unos minutos caminando y a ratos corriendo, llegaron a un callejón donde un montón de gente repartida en varios grupos hablaba muy alto, bebía y reía. Thompson, conducido por Anita, atravesó una puerta de azul aterciopelado que conducía a una pequeña sala oscura abarrotada de humo y plagada de mesas. Todas dispuestas en torno a un escenario con un piano, una batería y un contrabajo apoyado torpemente en una silla. Anita seleccionó una de las mesas disponibles y los dos se sentaron.

Thompson se alegró infinitamente de estar sentado, porque algo le había estado ocurriendo en el último tramo del camino. Algo raro pasaba dentro de él, como si toda la vida hubiese llevado un peso sobre los ojos que ahora no estaba. No terminaba de ser del todo agradable. Intentó tranquilizarse mirando a Anita, que tenía los ojos clavados en el escenario vacío. Sin encontrar calma en ella, echó mano al bolsillo interior de su chaqueta en busca de un cigarrillo, y sacó el paquete con cuidado. Lo hizo todo realmente despacio, notando con las yemas de los dedos cómo los cigarros estaban amontonados uno al lado del otro, notando el minúsculo espacio que los separaba. Extrajo uno, seleccionándolo específicamente, y se lo llevó a la boca. “Lucky Strike” dijo para sí, dejando que su voz se le rompiera un poco en la garganta, y se lo encendió. De pronto vio a todo el mundo a su alrededor manejando sus cigarrillos de una manera personal, entendió perfectamente cómo cada uno de los asistentes mantenía una relación especial con su hábito, cada uno lo llevaba a su boca mediante una combinación concreta de sus falanges, cada uno aspiraba con una cadencia distinta, y escupía el humo hacia una dirección o moldeando sus labios de una forma precisa. Automáticamente le ofreció un cigarrillo a Anita, y se deleitó viendo cómo se lo fumaba, cuál era su forma de hacerlo. Después miró su cigarro y a su mano sujetándolo, y se encontró perdido y sin identidad, sin saber cómo manejarlo. Copió los movimientos de Anita con la mayor precisión posible. Fumó como ella.

De pronto, al escenario salió un chico muy joven, negro, sujetando una trompeta entre las manos. Todo el mundo calló y pidió silencio, y el trompetista empezó a tocar. Emitió una nota suave, muy muy suave y muy larga, y después lanzó otras doscientas seguidas, que viajaban de un lado a otro, sin posarse en ninguna melodía, totalmente desconectadas entre sí en intensidad, tono y duración. Thompson empezó a notar cómo su corazón iba a mil por hora. Se notaba separado unos centímetros de su cuerpo, algo más arriba de lo normal. No entendía nada de lo que ese chico negro estaba haciendo, no encontraba ningún clavo al que aferrarse. Se empezaba a sentir muy perdido y muy solo mientras veía al resto del público disfrutando del espectáculo. Miró a Anita con ojos de desasosiego, y la cogió de la mano suplicándole ayuda casi sin darse cuenta. Ella lo miró muy serenamente, como si fuera dueña absoluta de la situación, se acercó a él y le besó. Era la primera vez que Thompson besaba de verdad a una chica, y en el primer segundo del beso aprendió todo lo que hay que saber para besar de verdad. Lo aprendió todo de muchas cosas, de hecho. O más bien, aprendió muchas cosas de todo. Después del beso se calmó, disfrutó de las nuevas sensaciones y, aunque seguía sin gustarle la música a pesar de que ya había entrado el resto de la formación, disfrutó viendo cómo Anita la disfrutaba.

Llegaron al piso de Thompson, con un par de bencedrinas más encima, y trataron de hacer el amor. Pero a él le fue imposible concentrarse y conseguir una erección. Así que durmieron abrazados, mientras Anita le contaba las bondades del hard-bop y él fingía escuchar.

A la mañana siguiente, Thompson le hizo el desayuno a Anita y le pidió muy seriamente que se casara con él y que tuvieran hijos. Ella se rió, le besó e hizo el amor con él. Después, se fue dejando caer un puñado de excusas. Thompson nunca volvió a verla, pero pasó años buscándola. La buscó en las calles, en los clubs de jazz, en las cafeterías, en las tiendas… Y en ese tiempo que la estuvo buscando conoció a un montón de gente, les puso nombre a un montón de chicas, y entendió por fin lo que quería decir la trompeta.

lunes, 2 de enero de 2012

2011: Resaca de campeonato

No encuentro nada que consiga saciar mínimamente mi consumo de música. Descargo y descargo, y de vez en cuando compro. Desde hace un tiempo no consigo encontrar discos que consigan abducirme hasta radicalismos adolescentes donde podía devorar ansiosa y repetidas veces la discografía entera de Radiohead, desvariar mi imaginación con las escuchas del Scremadelica o quedarme un buen rato tirado en la alfombra mientras Morente cantaba una vidalita. ¿Qué coño esta pasando? ¿Soy yo o es que la crisis esta actuando a todos los niveles?

2011. Un años más. Busco y encuentro un montón de cosas que escuchar. Multitud de grupos golpean las ventanas de mi ordenador -exceso de información- pidiendo por favor una sola escucha. Colapsado, elijo instintivamente según las criticas, el color de la portada, el nombre del grupo o alguna canción de nombre provocativo. Me topo con gran cantidad de mierda que me gustaría poder ahorrarme, pero también salen a flote sobre ella multitud de nombres desconocidos (para mí) que sorprenden y hacen que un año más merezca la pena el esfuerzo constante de búsqueda. Pero nada consigue hacerme enloquecer hasta puntos de dependencia física-moral diaria.

Crisis mundial, bancos, mercados y las discográficas han otorgado el poder de masas a privilegiados de la talla de Lady Gaga o los recientes estrellados Coldplay. Nos inundan de festivales veraniegos donde el protagonista es el adolescente-borracho-güiri y la música es utilizada como mero macro-negocio. Mientras tanto, existe un subsuelo que proporciona una alternativa donde cada vez se cultivan menos los géneros y modas, imponiéndose el creacionismo totalmente personal. Internet, la autoproducción, autoedición (auto +…..)…etc., a incentivado la aparición del artista que es capad de crear un mundo musical propio, refugiado en su cuarto en busca del sonido y la letra, dejando de lado los grandes estudios de grabación donde se concebían las grandes superproducciones de antaño. 2011 deja una resaca heterogénea donde el Indie va quedando poco a poco anclado en el pasado y nos introducimos en modernas producciones derivadas de Animall Collective y cruda realidad de singer-songwriters.

* Click con botón derecho sobre la foto - abrir ventanta = video de youtube.


Connan Mockasin - Forever Dolphin Love



Zomby - Dedication



Bigott - The Orinal Soundtrack



John Maus - We Must Become The Pitiless Censors Of Ourselves



Seun Kuti & Egypt 80 - From Africa with Fury Rise



Anoushka Shankar - Traveller



Panda Bear - Tomboy



Bon Iver - Bon Iver, Bon Iver



PJ Harvey - Let England Shake


Wilco - The Whole Love



El Columpio Asesino - Diamantes


Capsula - In The Land of Silver Souls



Gang Gang Dance - Eye Contact



viernes, 23 de diciembre de 2011

Posar para la nada es lo mejor que se puede hacer

Se van, y sus cuerpos arrastrando las maletas, llenos de vida, se van. Cada uno recorta una silueta de pequeños movimientos propios, se distinguen entre la gente, hablan entre ellos, resplandecen. Me quedo solo, por primera vez en cuatro días. Dentro del coche hay un silencio de cripta, y puedo escuchar por separado cada sonido seco: el rechinar del retrovisor cuando lo coloco en buena posición para mis ojos, la palanca de cambio cuando meto primera, el acelerador… ya no hay un valor estético que conecte las pequeñas acciones como lo había antes, cuando todo parecía importante.

Después de dejar a mis amigos en el aeropuerto, me toca devolver el coche de alquiler. No conozco las calles de Lisboa, y me guía el GPS menos funcional con el que he tratado en mi vida. ¿Cómo se puede lanzar al mercado algo así? Un producto que falla en lo más básico, inútil. Podría dormir cien años, el cansancio acumulado me limita el horizonte, visión túnel. Serpenteo por las calles viejas, escuchando cada ruido de la ciudad y del coche aislado del resto, viendo claramente cómo las capas de sonido se superponen para crear la banda sonora. No tengo ni un puto CD que ponerme, y soy una persona espiritualmente incapaz de conducir sin música. Le quita toda la estética y lo reduce todo a ir del punto A al punto B. El camino es una pérdida de tiempo, un medio para un fin. 

Paramos un taxi para ir de A a B, hace un par de días. Le pregunté al taxista si podía poner música (por favor). Me contestó que el coche era muy viejo, que NO TENÍA música. Ni radio, ni nada. Cada puto día ese señor recorre un buen puñado de kilómetros sin música. Pensé en él de manera triste, y luego me vi a mí mismo intentando imponer mi modo de vida. “Para él no será importante”, continué con mi reflexión, “y aunque me parezca triste que la música no sea importante para alguien, objetivamente no tendría por qué serlo”. Edu interrumpió mi reflexión preguntándome algo totalmente intrascendente que respondí mecánicamente, y esa pequeña interacción me generó una pequeña corriente de placer. Era bonito todo aquello, y después nos reuniríamos con el resto, que llegarían con otro taxi, y les contaríamos que el taxista no tenía música y lo raro que nos parecía todo aquello. 

El silencio da valor al no-silencio, y es necesario para tocar pie. Pero es aburrido cuando carece de sentido. Los sonidos de Lisboa al volante componen una pequeña maquinaria que trasluce personalidad, pero ahora me pondría un poco de Lee Morgan para volverlo un viaje oscuro y loco. No suelo meter a Morgan en el grupo de mis favoritos, pero a veces lo hago. Supongo que lo meto ahí menos veces que a otros, pero ahora mismo es de mis favoritos. Ahora me pondría el Live at the Lighthouse y desearía que mi viaje durase todo el triple disco, impregnaría todo de significado y los sonidos de Lisboa se colarían entre las lenguas de viento y las doscientas notas al segundo. Muy oscuro, sacando lo peor de la raza, de una manera que sólo entendemos Lee Morgan y yo. Entonces deja de haber gente en la calle, ya sólo hay lagartos, buitres, hienas vestidas de etiqueta y mucha absenta bañando los bares y las gargantas. Las luces brillantes que emanan de las casas de striptease rebotan en los cristales de mi Mercedes viejo y amarillento. Un coche demasiado grande para mí. Un grupo de hijos de puta vistiendo cuero me lanzan una botella, que estalla contra la luna delantera y el líquido tóxicamente alcohólico distorsiona mi perspectiva en oleadas mientras se resbala y va cayendo. Y de repente me hace falta una carretera muy larga y sin semáforos, y sin leyes ni luz. Sólo algunos matojos que cambian su posición amenazante según emito luz con las largas o con las cortas, más o menos abstractos. Piso el acelerador para llegar a tiempo a ver la última actuación del jazzista, su último trompeteo antes de que su mujer entre por la puerta del bar y le dispare en el pecho por infiel. Me limpio la cara de sangre de Lee Morgan y no puedo dejar de verle un cariz mítico al hecho. Soy magnánimo con la asesina y prefiero irme despacio por donde he venido. Hasta la oscuridad de Live in the Lighthouse cierra con el estallido de luz de The Sidewinder.



Pero no tengo a Lee Morgan, así que mi cabeza va cerrando el capítulo que ha supuesto este fin de semana en mi (nuestras) vida(s). Desde el minuto uno de estar todos juntos se respiraba ese ambiente donde las cosas insignificantes valen la pena. Hay algo que nos une y por lo que somos, por lo que le damos valor a nuestras tonterías. Posamos para la nada, extraemos el surrealismo de los detalles, nos damos un carrusel de momentos… y todo ello camuflado entre risas, conversaciones banales y algunos insultos y palabrotas. Casi nunca hablaremos de cosas serias como si fueran cosas serias, luego cada uno lleva dentro su sistema de pesos y emociones y todos sabemos que el resto son nuestros yoes, nuestras pequeñas proyecciones externas a través de las cuales nos reflejamos, nos vemos, cambiamos y extraemos nuestra verdad. Podemos usar miles de vehículos: una visita turística, un bar y unas cervezas, una sesión de vídeos tontos de YouTube… cualquier cosa que genere un contexto que nos agrupe y que nos fuerce a interactuar. Buscar un estándar sobre el que desarrollar la improvisación. Que tenga lugar la celebración de uno mismo. Y cuando se me hincha la cara de contento porque me entra la música por un oído y mis amigos por los ojos, peto, y es para lo que vivo joder, para petar.

martes, 13 de diciembre de 2011

A los perdidos

De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo: confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida. Creemos que es esa omnipotencia universal, porque Dios, que ha creado todo, rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre; es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando "se manifiesta en la debilidad" (2 Co 12,9; cf. 1 Co 1,18).

Lo que tendría que haber sido una especie de relato-diario emocionante sobre grandes aventuras, hazañas de grupo, el consumo de croquetas de bacalao y cerveza superbock, delirantes viajes en taxis, frustraciones en entradas de discoteca y fado, a lo largo de los cinco días de viaje en la ciudad de Lisboa, fue transformándose en mi mente a través de largas esperas en cama en intentos de conciliación del sueño.

Martes 13 de Diciembre de 2011 (1º Aniversario)

Hoy empecé a correr. Aparté la cortina roja teatral con mi mano derecha y eche a correr por caminos cada vez más estrechos, entre una flora pobre repleta de secos arbustos que iban cerrando cada vez más mi camino. Corría. Corría. Corría. Aun pareciendo cada vez más angosto, el camino no llegaba nunca a su fin, así que seguía corriendo. Demasiado sacrificio para mi primer día. Por fin encontré un hueco por donde escapar. Pequeño, no demasiado a tractivo a primera vista, pero resultaba mi única vía de escapatoria.

Introduje la cabeza, cada uno de mis pensamientos que dan forma a mi anatomía única dentro del abanico de posibilidades que otorga el ser humano. Negro, oscuro. Fragmentación cerebral, algún cosquilleo onírico en la zona de la rabadilla. Tele-trasportación.

Allí me planté y en el tablao flamenco me colé. “Muchacho, eres un indisciplinado. No rompas el compás. Los aplausos se dan al final”. “Dejar al muchacho, que es la última noche” dijo Enrique. Que difícil resulta el compás de los fandangos de 12 tiempos. “La fiesta continue, que la vida son dos días y la quiero vivir entera”. Gente de lo más variopinto. Vinieron tangos, farrucos, marianas, coplas, alegrías…y yo perfecto a la ocasión con mi camisa blanca de topos negros y mallas ajustaditas de correr. Vaya la que tienen montada aquí. Así dan gusto las despedidas. Todo parece ser coincidencia y lógico.


sábado, 10 de diciembre de 2011

Saraswati

Acorde de piano. Mismo acorde. Mismo acorde, un poco después. Otra vez. Silencio. Golpea la tecla, tres veces. Golpea de nuevo, otras tres. Busca otras tres teclas, esbozo de melodía. Silencio. De nuevo esas tres, más agudas. Se intercalan otras. Como estrellas en el cielo. El sonido de las notas se prolonga. La melodía empieza a decidirse. Acorde con la izquierda, notas sueltas con la derecha. Progresión de acordes convencional, pero hay algo más. Ella empieza a cantar en lo que parece francés. No está claro si es francés. El piano marca los silencios de ella. Las dos voces, la del piano y ella, se hacen fuertes juntas, después entra la trompeta. Muy suave, con un piano muy delicado. Se entrelazan. La trompeta se va un poco al jazz pero el piano la mantiene anclada en algo más clásico. La trompeta calla, ella la reemplaza. Su voz divaga, sorprende, el piano la sigue, intenta buscar su espejo. La fonética de eso que no era francés permite vocales largas y sonidos que chocan contra la pared. La trompeta acompaña al conjunto de nuevo, por primera vez los tres elementos coinciden mientras ella alza la voz, y cada vez más aguda y más larga pega un lengüetazo de melodía para luego bajar, bajar, estabilizarse. De nuevo todo se mece, la trompeta es muy viento, el piano aprovecha que puede marcar bien las notas y todo se pone oscuro, algo disonante. Y acaba dulce, muy dulce, el piano y la trompeta dulces.

Intermission

De la vena me salían las conexiones. Era lúgubre el ambiente pero mi corazón bombeaba swing, ritmo de un mundo que no ha descubierto el sexo y la violencia, que permanece. Me brotaba la fe a borbotones, de los labios a la barbilla, exhibiendo una sonrisa psicópata inocultable. La luna se reflejaba en los ojos de todos los asistentes: “más alto”, decían. “Más, más”, mientras hacían gestos con las manos, como llevándose el aire al pecho. Había tan pocos elementos allí… una felicidad tangible, sostenida con los mínimos alambres, como si cada vez que la vida nos diera un golpe fuera como jugar a la Jenga. Quitar una pieza y permanecer, quitar otra pieza y permanecer, permanecer… todos queríamos nuestra ración de infinito, que nuestra mortalidad fluyese elegante. Todos temíamos mirar a la calavera. Saliendo del club, nos sosteníamos los unos a los otros para no caernos, en plan naipes, medio dormidos y medio llenos. “Mi objetivo”, decía Mike, “es volverme tan abstracto que nadie me entienda” y acto seguido vomitaba en un contenedor, sin levantar la tapa. Se me vino a la cabeza esa imagen de la papelera a rebosar de periódicos viejos, plásticos y pieles de plátano; y el ciudadano ejemplar que arroja la lata de coca-cola sin importarle que rebote y caiga fuera y manteniendo una conciencia limpia. El coche que no vimos le atropelló el pie a Mike, y yo pensé en lo gracioso que sería un no-Mike, alguien que hiciera todas esas cosas mal, lo mismo pero mal. Después comprendimos la gravedad de la situación en nuestros músculos que se tensaron, pero pasamos de él. Llamamos a un taxi y lo dejamos pudriéndose en la sombra, y nos encontramos con nuestras sábanas y un techo que no se acaba nunca.


Puto genio el que inventó la luz de la nevera,
¿qué mente mágica descubrió y salvó esa necesidad?
Maravillado me preparo un sándwich alumbrado por esta fantástica luz,
sudando de Fleming, Stephenson o Graham Bell.
Pero es que entonces me llaman y mi móvil vibra,
¡vibra! Y sudo del cáncer y del sida y de las enfermedades neurodegenerativas,
porque qué mas da que hubiese tenido cáncer, sida o alzhéimer,
no me habría enterado de la llamada si mi móvil no vibrara.
Porque es tarde y lo tengo en silencio para no despertar a mis padres.
Dios quiera que no les pase nada.