miércoles, 12 de octubre de 2011

FIZ 2011: Primera Parte.


19:30h. Concentrados todos en casa del vecino, engrasamos nuestras tripas a base de cervezas Aurum sobrantes de la noche anterior. Para esta noche he decidido enfundarme mis nuevos pitillos de color azul intenso –regalo de cumpleaños de la madre mía- considerando la adopción de una estética lo más Indie posible, ya que creo que podría funcionar muy bien a lo largo de toda la noche. Por consenso común, nos marcamos un primer objetivo: salir a tiempo para llegar al concierto de The Faith Keepers a las 20:00h. Todo marchaba según lo previsto, salíamos con 15 minutos de antelación, lo suficiente y necesario para llegar a tiempo –no lo podía creer-, aunque como siempre, justos muy justos. Sentido y dirección a la sala Multiusos de Zaragoza, teníamos ante nosotros de nuevo una noche Fiz, pero esta vez sin ninguna expectativa musical aparente. El cartel siempre había estado reinado por un grupo por el que gustosamente pagaba el dinero de la entrada, que incitaba a no faltar a la edición correspondiente, pero esta vez, me encontraba ante un cartel abierto hacia un abanico superior de público y un cabeza de cartel (James, será la crisis) que para mi no tenía ni por donde empezar comparativamente a los que podíamos encontrar en ediciones pasadas tales como Massive Attack, Travis, Spiritualiced. Aun con este disgusto inicial, hubo sorpresas –más de las esperadas- que culminaron en una estupenda velada.

Reconduciendo el camino, esta apatía que nos gobernaba –sólo tuvieron que pasar tres o cuatros horas para convertirse en mero recuerdo- no podía más que traducirse en que por alguna inimaginable razón, algo que captase mínimamente nuestra atención haría que llegásemos tarde. Por supuesto, ya podéis imaginar lo que sucedió. ZARAGOZA ♥ JESÚS TE AMA. Vaya fiesta tenían montada los de la secta. ¡No podía ser! ¡Que le den por el culo al Fiz que yo me quedo con estos tipos! ¡Vaya bailes a ritmo de tango! Un desconcierto general del grupo debido a lo que calificaríamos como “subidon” hizo peligrar nuestra presencia en el festival. Solo faltaba Omael repartiendo su “hamor” por todo aquel de cuerpo presente de entre los feligreses. Gracias a dios –nunca mejor dicho- , fueron únicamente ideas momentáneas y fugaces. Pudimos reestablecer la situación –aunque por supuesto, definitivamente íbamos a llegar tarde-. Entrábamos en la Multiusos encontrándonos ante una sala bastante repleta de gente para lo pronto que era y presidida por un grupo totalmente entregado. Faith Keepers -propuesta soul-funk de Zaragoza- se nota porque son ganadores del último Ambar Z Music. Pasaron escasos minutos cuando a mi amigo Monty y a mi nos estaban haciendo perder las composturas y el dominio sobre nuestros movimientos pélvicos. Una firme base rítmica, acompañados de algún que otro destello de genialidad en lo vientos, todo ello conjugado y aderezado en la voz-figura de Borja Téllez, dieron más que argumentos para la gran satisfacción de un público que se pregunto: ¿Por qué no han puestos a estos marchosos tipos a altas horas de la nocturnidad y se dejan de Kele Okereke? Hubiese resultado una apuesta arriesgada por parte de la organización pero podría haber resultado totalmente satisfactoria. Tras un éxtasis inicial, momentos después entraba en escena Standstill. Esta vez solo, sin compañía con la que compartir el juego de intensidad y ruido que nos presentaban estos barceloneses. Tocando básicamente sus dos últimos discos Vivalaguerra y Adelante Bonaparte, sumergieron al público en una atmosfera distinta y propia, dejándome noqueado especialmente en temas como Porque llamas a estas horas y Adelante Bonaparte II. Tendré que marchar una jornada a Barcelona a ver el comentado espectáculo Rooom con el que giran actualmente.

Ahora llegaba el dilema de esta edición, ser cordial y aceptar lo que iba a hacer prácticamente todo el mundo o jugármela a mi propia estrategia –que estaba seguro de que no podía salir mal-. Las puertas de la Multiusos se convirtieron en auténticos ríos de gente dirigidas a ver el espectáculo que se presentaba a continuación: llegaba el turno de Vetusta Morla. Esta vez venían a presentarnos su segundo trabajo Mapas, un disco que ni excita pero tampoco molesta, correcto. Comenzaba a perder algo la noción del tiempo, así que como he dicho, puse en juego mis estrategias. Tomé sabiamente la decisión de pasar olímpicamente de dulces o malditas ternuras –además ya los había visto dos veces- y fui rápidamente al coche de nacho a por mis espinacas y retomar energías. Alguien dijo:

El sábado que viene esta Pony Bravo en la López.
La vida es una espera y no por ganar más dinero, vas a comer dos veces.
Crispy Bacon: yo me acordare toda la vida, el alcohol, sudor, amistad.
Crispy Ruidbalance
BOOM!!

Esto se empezaba a ponerse interesante. Rápidamente el rumor de la futura actuación de Pony Bravo se expandía como el speed a la vez que la ilusión incrementaba, sin saber realmente la veracidad del hecho. Nuestros corazones y mentes comenzaban a adquirir una nueva dimensión que tendría su máximo esplendor en los conciertos que estaban por llegar.

domingo, 9 de octubre de 2011

Escritura automática #1

En el centro, de noche. Llevo caminando sesenta horas. Perdona, ¿me das un cigarro? No fumo, quiero un cigarro. No fumo. Un cuarto de níquel rasco en las profundidades de mi bolsillo, es de noche. He tenido un extraño pensamiento antes, con esa gaviota, con cierto deseo sexual contenido, del tipo materialista. Poseer un cuerpo, no el de la gaviota, la gaviota era… una llave para otra cosa. Siete columnas sostienen los porches del paseo, los colores son amarillentos, cobrizos… Y un perro que ve en blanco y negro se acerca, jadeante: ¿tienes un cigarro? No creo que lleguemos a ser muy buenos amigos, pero caminamos juntos con esa actitud desafiante, el uno hacia el otro, con esa actitud jadeante. “Déjame escucharte” le pido en silencio, y cada pelo de su cuerpo parece emitir un sonido casi inaudible, derribado por el viento. Es de noche y he pasado el puente, sobre el canal. Las obras son feas, como maquillar a una mujer y dejarle el maquillaje puesto, maquillándose infinitamente, sin estar más guapa en ningún momento. Hay algo en las estrellas, además, algo que te recuerda lo pequeño que eres: si ves a esos inmensos astros así de minúsculos, ¿cómo te verías tú mirándote desde allá arriba? La única manera es ser una muralla china, una pirámide de Keops, una selva amazónica. Pero no lo eres, eres un pedacito de carne, de células pegadas unas a otras, y si pudieras mirar cada célula de tu cuerpo como miras esa estrella, ¿te sentirías así de pequeño? Te quiero, es distinto. A tu puñado de células pegadas unas a otras, a tu pelo de células y a tus manos de células, pegadas, que forman algo que acaba por alzarse por encima de la ciencia, como los humanos pintamos un cuadro que está por encima de nosotros. Hacer de cada célula poesía… mirar fijamente a un trozo de madera hasta que sea una pequeña parte de ti, aceptarlo como un igual… y a una molécula de agua, y a un plástico, y al filete que te estás comiendo y a un gran excremento. No somos mejores que un trozo de mierda, al menos no vistos desde esa gran estrella… pero sí mirándonos a los ojos, comprendiendo lo que hay en el otro, que atraviesa córnea iris pupila cristalino retina nervio óptico alma. Y de repente el perro se pone a ladrar, y ladro con él, a los coches, a la basura, a la gente, a los otros perros, a la luna y finalmente a él y él a mí, y acabamos riéndonos bueno él no y entonces riéndome recuerdo que él no sabe por qué me estoy riendo o qué es la risa o qué es el ser humano. Yo tampoco lo sé pero al fin y al cabo soy uno y tengo ese derecho a reírme. A reírme y resonar en las murallas y las pirámides y las selvas y las estrellas. Llevo sesenta horas y media caminando y parece que ya es hora de empezar a correr.

viernes, 7 de octubre de 2011

Otra vez.

Otra vez octubre. Fiestas del Pilar. Viento. Frío. Sentarme delante de la pantalla en blanco del ordenador y tener, creo que tengo un montón de cosas que contar, pero la memoria se escapa y no se por donde empezar: me quedo exactamente igual que la pantalla. Joder! Ya lo tengo! pensar que llevo toda la tarde montado en un autobús dándole vueltas, decidido a llegar a casa y ponerme a escribir. Serán las recetas del vecino: papel, tabaco y marihuana. Total abstracción y concentración –casi parece que estoy sólo en casa- pero otra vez igual, sigo en blanco. Así! Ahora si! Cuando entraba por el edificio Betancourt (Escuela de ingenierías de Zaragoza) comenzaba a sonar un nuevo artista-álbum-canción en mi Ipod: Bad Ritual de Timber Timbre. Mientras la gente caminaba a contracorriente mía, yo me introducía progresivamente en el edificio –conforme a los espacios de transición creados por el arquitecto- al mismo tiempo que una leve sonrisa comatosa se levantaba sobre la parte derecha de mis facciones bucales. Se producía en mí una emoción de superioridad sobre todo miembro que me rodeaba, imaginándome dueño de poder realizar con todos ellos cualquier cosa que estuviese a mi alcance, como si fuesen auténticas marionetas de rojo azabache. Puedía manipular sus actos a mi entero antojo, colocarlos en posiciones duales que por mi largura (y falta de flexibilidad y movilidad articular) nunca me han sido posibles de realizar. El problema va a ser que me paso todo el día pensando en joder –y no jodo- y ahora que se va el sol y llega el frío, todo se acusa más duramente. Tendré que poner remedio a la cosa. Por lo pronto, lo que tengo claro es que esta noche voy a hinchar mis arterias con alcohol.
Texto escrito ahora mismo, con el objetivo único de que escuchéis un disco y siendo consciente de que puede resultar una cagada. Es posible la presencia de faltas de ortografía y la mala conjugación.

Timber Timbre - Creep On Creepin On

martes, 4 de octubre de 2011

Escrito de archivo #121844

Estaban proyectando una película en el Trip, una película de animación que yo no había visto antes y que me atrapaba en cierta manera. Dejé de escuchar a Verónica por unos segundos y sentí el impulso de cortar para siempre esa relación y dejarme hipnotizar. No sucedió nada de eso. Verónica reclamó mi atención tocándome en el hombro y volví a encuadrarla mientras le daba un trago al cubata, uno de esos tragos duros que aparecen al aproximarte al fondo del vaso. Verónica lleva un top blanco, pantalones largos de un color que no puedo determinar bajo estas luces, y unos pendientes carísimos que se dejan ver entre rizo y rizo. Mátame, Verónica, acaba con mi agonía, dame la gota que colme el vaso. La música comienza a parecerme repugnante. Y el ron. Y ella. Cuando la tensión llega a cotas insoportables, se disculpa para ir al baño. Mientras se va observo cómo su culo desaparece entre los cuerpos que bailan. Me quedo solo.

He venido aquí por una razón: en casa es peor. No hay nadie, me tengo que enfrentar a mí mismo. Es duro, porque mis amigos están de vacaciones y me dejan cara a cara con una relación rancia fundamentada en sexo rancio… o ya ni eso, peor, en películas rancias en tele de tubo mientras sus piernas pesan sobre las mías. Estoy cerca del punto de no retorno. O hago algo ahora, o no lo haré nunca, seré una de esas personas contra las que he luchado desde que tenía uso de razón. Seré como mis padres. E incluso ahora siento que debería hacer algo realmente radical si quiero tener una excusa para no odiarme, por imbécil. De momento me voy. Salgo a la calle entre empujones y salpicones de sudor ajeno. Me voy, que le den, que salga del baño y no me encuentre y se preocupe y me llame pero no se lo cogeré y mañana le explicaré que quiero hacer mi vida y ella llorará y yo lloraré pero en el fondo sabremos que era inevitable. 

Entro en el bar tras haber avanzado unos metros. El portero me mira y siento que ya no soy sólo yo el que se desprecia. Voy a recuperar la posición anterior cuando Verónica me coge del brazo y me pregunta que dónde estaba SUCIA PUTA DÉJAME VIVIR le digo que había salido a tomar el aire, que no me encuentro bien. Y estirando esa excusa consigo volver a casa y librarme de su casa y de su cama y de su sexo y cojo un taxi después de un beso rápido y sin amor. 

Tres minutos de trayecto y el taxista no ha intentado darme conversación. Así que la inicio yo. Es jodido, sé que si me hubiera empezado a hablar yo habría puesto los ojos en blanco y emitido un buen resoplido de hartazgo, pero qué va, no dice nada y yo necesito una voz ajena a mí que no me juzgue y sea cálida. Pero no hay manera. Le pregunto qué tal la noche y me dice “bien”, le pregunto si ha recogido a mucha gente y me dice “sí”, incluso le hablo del calor que hace y todo lo que consigo son evasivas, evasivas, evasivas. 7,80€ que saco de mi cartera como si estuviera extirpándome varios órganos y silencio.  Ni siquiera estoy borracho, soy un fraude. Llego a la entrada de mi edificio y me quedo parado unos segundos. Ni siquiera estoy borracho… lanzo una poderosa patada al cristal y veo cómo el tirador, integrado en la puerta, se separa de ella y vuela unos centímetros hasta estrellarse contra el suelo. La puerta llevaba unos días con una grieta que iba haciéndose más y más grande, así que ha cedido a la primera. La primera grieta también la hice yo. Me abro paso entre los trozos de vidrio y compruebo cómo, después del estruendo, el silencio es absoluto. Parece como si hubiera provocado más silencio, y el sonido de mis pisadas queda aislado, como grabado en estudio. 

Es una putada, esto. Estoy acostado en la cama, y ya no hay nada más. Apenas son las cuatro de la mañana de un sábado en pleno julio, y ya no hay nada más. Todo se reduce a esto: techo. Un día prometedor acaba reducido a un trozo de techo. Ya puedo tachar del calendario un día desaprovechado más. Me doy la vuelta sobre mí mismo y me dispongo a dormir, qué remedio. Me encuentro incómodo boca abajo, sin saber muy bien cómo colocarme. Tengo una erección difícil de encajar en una postura. Empiezo a pensar en Verónica, descubro que no tengo nada de sueño. Pienso en ella, en su top blanco, en su culo hacia el baño. Comienza a formarse en mí una idea, un deseo muy fuerte. Voy a ir a su casa. Ahora mismo voy a coger otro taxi y a ir a su casa. Voy a follármela. Me la follaré y luego me iré, nada de abrazos. Le volveré a decir que me encuentro mal, voy a ir a su casa y me la follaré y luego fingiré estar malo y me iré. Lo estoy viendo con tanta convicción en mi cabeza que creo que voy a levantarme de verdad. La erección ha pasado de ser una reacción neutral a convertirse en una excusa, en un motivo para que este día no muera inútil. Me levanto, y me visto rapidísimo. Llego a la puerta y la abro. Sonido de zapatillas de andar por casa y mi madre aparece de entre las sombras. Conecto los cables de mi cabeza lo más rápido que puedo para justificar una huida de casa a estas horas, unos minutos después de entrar, aunque mi madre ha abierto una vía de lucidez en mi nubarrón de planes y pensamientos. Estoy a punto de abandonar el plan, de irme a mi cuarto y dormir dormir dormir hasta levantarme al día siguiente a una hora tan intempestiva que justifique perder otro día más. Pero no, le digo que me he dejado el jersey en el pub, que con el calor no me lo he puesto ni un momento y se me ha olvidado por completo que lo llevaba conmigo. De regalo, le recrimino que me haya presionado para llevármelo “por si hacía frío”. 

Cuando el aire de la calle me da en la cara, la sensatez continúa cristalizando. No tiene ningún sentido ir a casa de Verónica ahora, despertarla y atravesar unos minutos de súplicas y excusas para llegar a la cama. En ese momento ya estaré más frío que un témpano de hielo y entrará en mí una sensación de arrepentimiento que me rebajará un poco más la autoestima. Incluso sopeso la idea de ir a un prostíbulo. No he hecho nunca nada parecido, pero es un negocio que puedo comprender en una situación como esta. De todos modos lo olvido pronto: es un lujo económico y moral que no me puedo permitir. De nuevo veo al fondo arrepentimiento. No hay ninguna situación en mi mano que no termine con esa conclusión. Y de paso, mi breve iluminación con lo de las putas me recuerda que ir a ver a Verónica supone un taxi de ida y un taxi de vuelta. Bueno, de vuelta podría volverme en búho, cuando ya no tenga prisa. Un taxi de ida… y mi erección no baja.

Decido adscribirme al plan previsto. Cojo el taxi y el hijo de puta no deja de hablar. Mundo injusto. Toda mi sangre está a años luz de esa parte de mi cerebro que me hace interactuar socialmente y seguir una conversación de interés nulo sin dejar de parecer agradable, simpático… un joven ejemplar alejado de lo que este señor ve todos los días en la tele o en su mismo taxi. Así que no fuerzo el diálogo y concentro mis energías en no perder la erección, pensando en Verónica, en lo que voy a hacer con ella… aunque rápidamente mi pensamiento se va a otras, a todas, a todas menos a ella. 

Por suerte, la cosa no va a menos y cada centímetro que avanzo hacia su puerta más excitado estoy, más primitivo, más animal. Llamo al timbre con una impaciencia tremenda, mientras me acaricio un poco por encima del pantalón. En una línea paralela, trato de encontrar la síntesis perfecta, la combinación de palabras que la harán comprender qué está pasando y qué es lo que quiero, que la harán perdonarme y desearme. Espero no tardar más de dos minutos. 

Pero todo eso se va muy lejos cuando abre la puerta, en un pijama salpicado de motivos de colores que termina por materializar mi energía sexual. Estoy más allá de las palabras. Ella va a decir algo pero le tapo la boca y la empujo hacia dentro. La conduzco rápidamente a través del piso hasta su cuarto, mientras ella no deja de moverse violentamente y trata de chillar. Yo la sujeto con fuerza, sin que se me escape, hasta que la lanzo sobre la cama y caigo sobre ella, inmovilizándola con mis piernas. Le beso el cuello, mientras continúo tapándole la boca con una mano y le sobo las tetas con la otra, ejerciendo la suficiente presión para que quede aprisionada entre mi mano y el colchón. Trato de arrancarle el puto pijama pero no se puede, así que se lo quito de un tirón en pocos segundos, sin que le de tiempo a reaccionar, a liberarse. Continúa moviéndose, continúa intentando zafarse… pero entonces hago algo maravilloso. Me detengo en seco, desprendo todas las sujeciones, dejo de ejercer presión. Y ella sigue moviéndose, pero no ocurre nada. No se va, no se aparta. No es que no pueda, es que no quiere. Lentamente, introduzco la mano bajo su pantalón, y siento su coño húmedo como hacía tiempo que no lo sentía. La beso en la boca, la muerdo con la intensidad justa, en la línea que separa el placer del dolor. Me mete la lengua y le meto los dedos anular y corazón mientras presiono su clítoris con mi pulgar. Es necesario para ella apartarse de mi boca para emitir un gemido de placer, lo cual aprovecho para escupir en su mejilla y extender la saliva con la lengua, no sé muy bien por qué. Y de repente su mano ha desabrochado mi bragueta y está agarrando mi erección, que por fin encuentra su significado. Me despego un momento de ella para sacarle los pantalones y yo me bajo los míos. Se la meto y está tan mojada que siento como si mi polla fuera infinitesimal, una pequeñez perdida en una marea que grita y que me empuja el culo atrayéndolo hacia ella, marcando la velocidad. Levanto su sujetador y dejo al descubierto sus tetas, las tetas de Verónica, a las que entrego mi boca. Concentrado en el polvo no soy capaz de hacer algo coherente con ella, y lanzo lametazos y mordiscos que Verónica aprueba apretándome la cabeza contra sus pechos. Y se corre. Se corre tan fuerte que lo noto como una corriente eléctrica que pasa a través de cada célula de su cuerpo, y pasa también por las mías. Grita desde lo más hondo y grito yo también, totalmente expuesto, totalmente honesto y de verdad y con la piel vuelta del revés. Y cuando por fin se relaja de su orgasmo, fuerzo yo el mío, sacando la polla y metiéndola rápidamente en su boca, en un gesto ágil. Me corro dentro, bloqueando cualquier otra opción con mis manos. Mientras descargo noto cómo se lo traga, cómo succiona, y el corazón me va a mil. Y después, como tras la puerta rota en pedazos, el silencio. 

Sin decir nada, nos abrazamos, la abrazo con fuerza y la beso con amor. No me puedo creer que se lo haya tragado. Nunca habíamos hecho algo así. Jamás me había atrevido a hacer algo así, jamás. Supongo que la gota ha colmado el vaso.

lunes, 3 de octubre de 2011

Primera Experiencia Laboral


No podía esconder las continuas gotas de sudor que recorrían mi frente. Lo que debía haber sido una rutinaria entrevista de trabajo en un despacho claustrofóbico, se había convertido en una clara insinuación sexual. Ahí estaban, cien kilos de peso de grasa mórbida moviéndose sinuosamente hacia mi, acompañados de varios repelentes movimientos de lengua. ¡Joder Edu! muévete, abre la puerta y lárgate del despacho; pero mi cuerpo no respondía a los mandatos cerebrales. No se si se debía a una total parálisis –estado vegetal- o es que en el fondo tenía el morbo de quedarme y saber hasta que punto podía llegar. Anticipó sus grosos muslos hasta mi silla, inclinándose levemente sobre mi hasta que su lengua hizo contacto sobre mi mejilla derecha impregnándola de un fluido tan espeso que parecía que estuviese carcomiéndome la piel. Depositó su culo sobre la mesa al mismo tiempo que levantaba su falda. Cogió mi mano izquierda -arrastrándome junto a la silla de ruedas hasta ella- e introdujo mis dedos índice, medio y anular en sus labios vaginales. Ostia! Lleva una piercing! Comenzó a moverse con indicios orgásmicos sobre la mesa, a la vez que emitía de vez en cuando algún tipo de sonido –aunque a veces creo que eran los chirridos de la mesa-. La goma de sus bragas apretaba una barbaridad, hasta tal punto que el riego sanguíneo se me estaba cortando y mi libertad de movimiento era relativamente reducida. PUM!! PUM!! PUM!! Llamaron a la puerta y se escucho una voz preguntando por ella, pero la puerta estaba cerrada. En un silencio sepulcral, fue en ese justo instante cuando desperté del shock. Mi cuerpo reaccionaba acorde a mi cerebro -dueño de mis movimientos- era el momento de sacar la mano de aquel pozo y huir...

Por algún motivo que por más que recapacite todavía desconozco: me quede.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Erasmus uno.

 Narración del primer contacto con la experiencia Erasmus en Lisboa.

Son las doce y media de la madrugada en un cuartito pequeño en un piso de estudiantes en el centro de Lisboa. “Sinnerman” de Nina Simone entra por la ventana entreabierta, y no sé muy bien de dónde viene. Pienso en si me gustaría estar en la fuente de la música, donde antes han puesto “Sexual Healing” interpretada por The Hot 8 Brass Band. Es mi segundo día aquí, mi segundo día extraño, de sentimientos en constante movimiento pero que suelen oscilar en torno a un torrente capital de melancolía. Supongo que es el sentimiento base sobre el que se colocan los demás, según los estímulos con los que ande jugando.
Parece una ciudad de las mías, con un ambiente con el que me siento familiar, donde las veces que he pisado lugares con música la atmósfera fluía impregnada de buen gusto. Me falta alguien con quien compartirlo, todas esas relaciones que dejo en casa. Necesito compartir, supongo que sin alguien especial viviendo lo que yo vivo sólo extraigo el cincuenta porciento de la experiencia. Mis compañeros de piso, que constituyen el grueso de mi vida social aquí, se me quedan extremadamente cortos y, aunque sé que crecerán, dudo mucho que lleguen a las cotas de grandeza de mis amigos o familiares.
Mi compañero danés me dio una buena sorpresa al poner música de la cena. Empezó a sonar “Chan Chan” de Buena Vista Social Club, generándome un hilo de conversación instantáneo. Aún así, creo que este tipo es más bien inorgánico. Insiste en lo organizado que es (casi como en un guión se presentaría un personaje), y parece que ha pisado lugares como India y Cuba. Tiene pinta de existir una membrana entre su forma de ser y las emociones de las que disfruta, sin llegar a implicarse del todo en ellas, mirándolo todo un poco desde arriba, o por encima del hombro. Cocinó ayer, bastante bien. Nos pidio cuatro euros a cada uno por la cena (lo que habían costado los ingredientes). No me gustó eso. De todos modos, pronto mis juicios se irán despejando, espero que para bien. De momento, quiero prepararle unas cuantas canciones de flamenco para que lo descubra, porque creo que le va a gustar.
Ahora suena “Libertango”. Es posible que se trate de un concierto. En todo caso, es una de esas cosas que pasan que te da algo de salud en momentos así. Estás perdido por el mundo, perdido en ti mismo… y de repente cierto duende que reconoces como tuyo aparece en forma de música (la mejor forma) para darte un pequeño abrazo cálido. Es maravilloso que ocurran estas cosas. Como cuando hoy, dando una vuelta por la zona de Chiado, he encontrado seis perchas tiradas por el suelo, bien recogiditas. En mi cuarto tengo un buen armario, se me queda grande incluso… pero sin perchas. Así que hala, las he cogido y las he metido en la mochila. He pasado el resto del paseo con varios ganchos sobresaliéndome por la espalda, bien contento. Este tipo de regalitos del destino me vienen de puta madre.
Hoy me quedo aquí, en el cuartucho, leeré un rato y a dormir. Ayer conocí la zona de bares, en Bairro Alto, y realmente me encantó. Los garitos, como ya he dicho, bañados por el buen gusto y muchos de ellos con actuaciones en vivo. En el que estuvimos, una negra le daba a los bongos mientras cantaba, acompañada de un bajista, un gutarrista y un batería. Emanaban un buen rollo impresionante, por el que me sentí atraído instantáneamente viendo a la gente bailar de forma totalmente orgánica y sincera, y bajándome un litro de cerveza por tres euros. Genial. Pero claro, de los míos, yo era el único que bailaba. Me sentí muy falto de un compinche, y todavía más cuando fuimos al Music Box, la discoteca donde todos los erasmus acaban yendo a perrear. La música pegó un buen bajón, basada en hits que poco me aportan a estas alturas, pero aún era disfrutable si sonaban cosas como “Chick Habit” o “Jailhouse Rock”. Cuando tiraban más al pachangueo puro me dedicaba a mirar a la gente: todos se lo estaban pasando muy bien pero yo no sabía muy bien por qué, y eso que a esas alturas ya estaba yo bastante borracho. Pero claro, no me interesa el ligoteo, ni tengo a ningún amigo cerca, ni me gusta la música. Así que, cuando ya estaba aburriéndome a muerte, comenzó a sonar “Superstition” de Stevie Wonder y me dije “Fran, que le den por culo, tu haz lo que sabes a ver qué pasa”. “Lo que sé” es ser yo, sacarlo todo de mí y hacer el capullo… y eso se cristalizó en un baile exagerado que comenzaba por mi paso funk consistente en juntar los pies, y después separarlos en direcciones opuestas, en forma de X, donde los pies juntos serían el centro y los extremos de las aspas corresponderían a los pies separados, el pie izquierdo siempre a la izquierda y el derecho a la derecha. Rápidamente se formó un pequeño corro con la gente que me habían presentado allí y algunos que no conocía. Escuché algunos silbidos y aplausos, y me crecí un poco. Estiré mi show con pasos que me iba inventando sobre la marcha, y como colofón me saqué el gorro que llevaba en el bolsillo (rollo Hunter S. Thompson, regalo de un querido amigo) y me lo puse. La canción duraba demasiado, y yo ya no podía mantener el interés de mi público. Así que detecté a un tipo cerca de mí y lo introduje en el baile, pudiendo aminorar mi esfuerzo físico y mental. Después de eso, se acabó. Terminé reventado, y toda la cerveza que llevaba en el estómago hizo una masa fea que me hacía pasarlo mal mal, unido al aburrimiento para el que ya no había solución.
Tras este gran momento en mi primera noche de Erasmus, decidí escribir “Superstition” en la Moleskine, para acordarme siempre. Mi compañera de piso que me acompañaba, me sugirió que debería escribir algo más que eso, que apuntara lo que me saliera en ese instante. Así que escribí esto:
Siempre: Silbidos por hacer lo de ser quien soy/soltarme. MaJia de personas. Esto es raro. Mañana será Raro2. Hay que ser orgánico. Amo a la gente que lo es. Silbidos. Mañana./
Me gustó mucho que esta chica me instara a escribir algo así. Me cayó mucho mejor. Espero que siga teniendo estos momentitos, en los que el disfrute y la emoción se basa en una relación directa entre el mundo y yo, sin intermediarios, sin espectadores activos que lo valoren. Sólo los estímulos y mi papel en ellos. Es algo que me concierne sólo a mí. Echo de menos a mis amigos, pero al estar solo también estoy más conmigo. No sé si me explico.