sábado, 29 de octubre de 2011

Los peligros del humor negro

“¿Crees que voy a morir?”, dice la chica de Manchester cuando descubre que su cara está absolutamente roja, en plan Zoidberg. Le digo que sí, para continuar la broma, y después le digo con mi mejor inglés: “¿podemos violarte una vez muerta?”. Su cara cambia: “no hay nada divertido en una violación”. “¡A no ser que te viole un payaso!” le contesto. Oh dios, la cosa se está poniendo fea, pero no puedo evitar empujar los límites: “lo siento, lo siento… ¿puedo poner una canción para disculparme?”, voy directo al Spotify y reproduzco la versión de Richard Cheese de “Rape Me”, original de Nirvana. “Rape meeee my friend” le canto. “No deberías hacer ese tipo de bromas porque no sabes si alguna de nosotras ha sido víctima de una violación”, me insiste con toda la seriedad del mundo. Así que me pongo serio yo también: “tienes razón… también es posible que haya un violador por aquí y no le siente bien”. Así que se va a casa, atravesando las calles de Lisboa en la noche. “¡Que no te violen!” me siento tentado a gritarle, pero me callo. Creo que algo así arruinaría nuestra amistad para siempre.

miércoles, 26 de octubre de 2011

MGMT - Congratulations


¿Cómo habrán quedado todas aquellas hordas indies a la espera de un segundo disco de MGMT plagado de nuevos hits que bailar en las fiestas más modernas de la ciudad?

Si lo fácil hubiese sido hacer un disco continuista a la formula “Oracular Spectacular” (2008), con nuevos singles deudores de los macro-coreados “Kids”, “Time to Pretend” y “Electric feel”: No lo encontraran y muchos pensareis: ohh! pero que me cuenta este tipo si los escucho todos los sábados noche en el bar.

Andrew VanWyngarden (guitarra y primera voz) y Ben Goldwasser (teclado y voz), dan una vuelta de tuerca total, presentando lo que podríamos llamar como un nuevo debut. La incorporación de Sonic Boom (productor) deja clara influencia, ya sea en la labor de productor del disco o como gurú del grupo; sumergiendo a los miembros de MGMT en cauces “triperos” totalmente diferenciales al disco predecesor.

El disco nos conduce alternando vuelos altos con descensos a pasajes psicodélicos con aromas a infantil adolescencia -divertidos circos- deudora de los teclados de Ray Manzarek (The Doors) entremezclada con las idas de cabeza del juglar contemporáneo Tim Buckley. No es un disco de primera escucha, pero tiene aquello que te incita a abrir de nuevo la caja del disco, sacarlo, depositarlo en el reproductor para darle seguidamente al play y detenerse una media hora para escuchar. Como bien dije, no es un disco de singles, pero a la hora de poner el disco entre el colectivo de gente que me rodea, he podido intuir especial emoción en temas como Someone's Missing y la sorpresa de una noche en un bar Brian Eno.

Sin ninguna duda, “Congratulations” (2010) es uno de esos discos que me pondría para salir a dar una vuelta al parque.




domingo, 23 de octubre de 2011

Sentimiento distinto

El arte encuentra su verdadero significado cuando se mantiene por sí solo sin un significado determinado. Cuando deja de ser una metáfora de algo, cuando se alza por encima de su simbología, cuando corta los lazos con la realidad intelectiva y se libera en forma de puro sentimiento.  Las notas sólo son notas, los colores sólo son colores… pero a veces pueden llegar a sitios que ni sabes que existen. Pueden combinarse de una manera concreta para generar una emoción única. De repente, un libro, una película, una canción… te coge por sorpresa. Encuentra algo nuevo en ti, abre un acceso desconocido. A veces, incluso puede “desbloquear” algo permanente. Es el sentimiento distinto, el verdadero hallazgo de la búsqueda artística.

Hace unos años, visitaba el museo Van Gogh en Amsterdam. Visitar museos y monumentos es una clase de turismo que serpentea entre el interés y la obligación. Siempre hay una parte de mí que ve las estatuas o los cuadros o los edificios con cierta ansiedad por tacharlos de la lista. Si bien me gustaba Van Gogh, no derribó mi pared hasta que me topé con “Los Comedores de Patatas”. Conocía “La Habitación” o “La Noche Estrellada”, pero no tenía ni idea de la existencia de aquel cuadro. Así que estaba ahí delante, sin ningún prejuicio, sin ninguna idea preconcebida… y simplemente me llegó. Me cayó encima, porque me estaba dando muchas cosas al mismo tiempo: me obligaba a hacerme preguntas, me enseñaba cosas sobre la pintura que yo no sabía y, simplemente, me conmovía. Sobrecogido, entendía que nada en la Tierra me había hecho sentir nunca como “Los Comedores de Patatas”. Detectaba que había ahí un sentimiento distinto, algo que había sentido ya otras veces pero que, a la vez, no se parecía a nada.


El arte busca la verdad. No creo que quepa mucha duda en eso. Pero es un verdadero reto encontrar palabras para definir la verdad más allá de su sentido académico. Existe una verdad objetiva, existe una verdad para todo. Esta verdad absoluta es, sin embargo, inalcanzable. Somos incapaces de poseerla. Pero hay algo en nosotros que puede reconocerla. 

El artista está condenado a tratar de llegar a esa objetividad utilizando su subjetividad. El lenguaje musical, el audiovisual, el literario… son medios de búsqueda. El artista tantea, intentando encontrar esa verdad, que en el caso del arte se expresa de manera subconsciente. Cuando una obra de arte roza esa verdad, suelta un chispazo, encarna una identidad, encuentra el sentimiento distinto. Nuestro cerebro (o nuestra alma, si se desea) tiene la capacidad de anticipar el sentimiento antes de que nuestra inteligencia lo asimile. En una canción, por ejemplo, la emoción nos llega antes de que sepamos cómo nos llega. Pero los mecanismos de expresión están ahí: las notas, la intensidad, el timbre, el tempo… todo se puede estudiar y decodificar pero, sin embargo, nuestro subconsciente ya lo sabe. 

Cuando encontramos el sentimiento distinto, encontramos la identidad de la obra. Si esta tiene personalidad propia, si consigue distanciarse de las demás por méritos propios, estamos hablando de arte de verdad, de algo capaz de posicionarse por encima de nosotros. Porque el arte está hecho por humanos que buscan dentro de sí mismos y del mundo que les rodea, pero que sólo es expresable mediante códigos estéticos que sólo podemos decodificar desde dentro. 

Escuché el disco Tomboy de Panda Bear por recomendación de Edu. Me llegó realmente en la tercera o cuarta escucha, en la canción Last Night at the Jetty (que adjunto más abajo). En el minuto 1:48 la voz comienza a cantar: I know, I know, I know, I know / I KNOW I KNOW I KNOW I KNOW… Ese cambio entre los primeros cuatro I know y los restantes me generó inmediatamente una emoción extraña, como si estuviera escuchando algo que no había escuchado en mi vida. Aunque es una pequeña parte de la canción, da sentido a la misma y cristaliza la identidad del disco y del artista. Porque logra penetrar mi esencia, mi verdad. Me conecta con lo que estoy escuchando y dejamos de ser dos cosas separadas.

Fui a casa de Edu hace unos días. Le dije que había escuchado el disco en condiciones, pero no hablamos de él. Mucho menos de esa canción y de ese momento concreto. Ambos estábamos en estancias separadas de la casa (él en su cuarto, yo en el salón) mientras Last Night at the Jetty sonaba. Y de repente, cuando el momento comentado estaba a punto de llegar, Edu salió de su cuarto con una gran sonrisa en la cara y, mirándome con toda la amistad del mundo, me cantó: I know I know I know I know / I KNOW I KNOW I KNOW I KNOW y ahí estaba: nuestra verdad expuesta, a la que Panda Bear había llegado. Y al final, esa verdad se resume en que somos amigos y compartimos cosas esenciales.


Los ejemplos que he ido poniendo y las consideraciones que he hecho son muy personales, ya que sólo dispongo de herramientas subjetivas, como todos. Pero estoy seguro de que todo el mundo que disfrute de la música, del cine, de la pintura, de cualquier manifestación artística, ha experimentado alguna vez el sentimiento distinto.

sábado, 22 de octubre de 2011

FIZ 2011. Parte 2: Frotaba y frotaba.

Todavía concentrados entorno al coche en Arzobispo Apaolaza 28, era el momento de regresar con un buen bocata en mi mano derecha junto a un cubata en la izquierda. Estábamos despiertos, preparados y más que mentalizados. Debate abierto entre la asistencia a James o Chelis, para mi el debate no existía, tenía bien claro que James (grupo cabeza de cartel) no me proporcionaba ningún tipo de emoción por el que asistir a su espectáculo –me compre un par de discos para probar- y llevaba mucho tiempo que andaba buscando la asistencia a una sesión de Chelis, encontrando en esta noche el lugar ideal para ello. Subía las escaleras intuyéndose lo que parecían las últimas notas de la sesión anterior de Pendejo dj, haciendo cumbre en el lugar donde se podía escuchar a todo el mundo en los cortos intervalos de silencio que otorgaba la música decir: “yo nunca, jamás…pero hoy”. Ahí estábamos, cuatro o quizás cinco o seis, abriéndonos hueco y colándonos hacia las primeras filas con un creciente hormigueo que comenzaba a reinar mi cuerpo como preludio al maravilloso caos que tenía que llegar a continuación. Al mismo tiempo, un larguirucho con barba comenzaba a enchufar sus aparatos. No lo podía creer, por primera vez me encontraba ante una situación en la que un dj sacaba a través de sus platos ritmos y sonidos que se correspondían a mis ideas e improvisaciones mentales, incluso en algún momento conseguía sacarme las cosquillas pillándome totalmente en cueros –parece que tenían razón los de la Rockdelux-. Estábamos teniendo momentos de gran esplendor fisicoquímico contagiado por toda la sala, como si de una infección de pepinos españoles se tratase. En algún momento que no recuerdo ni se que pudo pasar –imagino que algún tipo de chinamiento colectivo capad de una bomba de humo que nos alejase del lugar- hizo encontrarme en un bazar chino suplicando a una madre con sus hijas por la compasión de vendernos a esas horas de la noche una trascendental botella de cerveza. Utilicé mis nuevas tácticas de persuasión adquiridas recientemente en un curro como promotor en la universidad, puse en acción todas ellas, desarrollando la escena tal y como esta planificada, punto por punto hasta llegar el momento donde ya no se sabe decir no. Todavía me pregunto el porque, pero resulto totalmente catastrófico, nos encontramos en la calle perdidos y sin cerveza –aunque por lo menos hacia buen tiempo-. Definitivamente parece que resulta mucho más simple y fácil engañar a un estudiante universitario/a que a una familia de chinos. Buscando cerveza -nuestra economía no nos permite pagar los precios de las barras del Fiz-, finalmente desistimos o quizás la solución fue encontrarnos en el coche de Nacho para que nos ayudase a calmar nuestra sed. La verdad es que ahora mismo tengo un poco desestructurada la noche, teniendo recuerdos pero sin saber situarlos correctamente en un espacio-tiempo concreto, con lo que muy posiblemente lo que estoy escribiendo no se corresponda correctamente a la noche. Por ejemplo, se de la existencia de un momento –no se donde situarlo- en el cual me encuentro con un tipo (no recuerdo su nombre, solo se que es amigo de Fran) con una magnifica estética Miedo y Asco en las Vegas que me produjo una envidia y admiración, que tuve que preguntarle inmediatamente de donde había sacado esa estupenda camisa hawaiana en verde pistacho. Creo que ya era la hora, se acercaba el momento de la actuación de pony bravo, perdón que el subconciencia me traiciona, llegaba el momento de la actuación de Triangulo de Amor Bizarro. Un desparrame de punk eléctrico, noise, distorsión o todas las etiquetas que les quieras poner, nos sumergieron en una hora intensa de sudar la camiseta, de corear sus canciones, de algún que otro empujón con el de al lado –para hacer la broma, pero siempre con cariño-, de algún lametazo a la novia, de correr repentinamente a primeras filas. Con un sonido entre Sonic Youth y The Jesus and The Mary Chain, nos tuvieron una hora entregados en cuerpo y mente para dejarnos en pleno éxtasis y en busca de un sitio donde poder un rato descansar y dejar evaporar el sudor de nuestras camisetas. Encontrado el sitio ideal donde dejar tirados nuestros cuerpos durante un rato, el siguiente objetivo era no despistarnos en demasía para no perdernos la actuación “psicotrópica” de Delorean. Entramos tarde, pero sin duda en el momento perfecto. Justo entrar para empezar a sonar la famosa Deli, haciendo desaparecer nuestro cansancio acumulado durante la noche e introduciendo y dirigiendo entre el público nuestras piernas hasta el fondo margen derecha. Alguna que otra broma respecto de lo que estaba sonando, además de estar viendo entre el público chicas que excedían el culmen de lo moderno Indie. Aun no siendo santos de mi devoción, su música resulto ser prefecta para el momento y la droga que nos habíamos tomado, pudiendo sacar un gran partido de todo y todos. No se en que tema comenzó –no me conozco la discografía del grupo- pero nuestros odios comenzaron a correrse, surgía de ellos su calida cera acumulada en su interior derritiéndose por el suelo –amarilla, pudiendo ser chapoteada- a la vez que otros riachuelos de cera ascendían desde nuestros odios hacia lo más alto del auditorio, conformándose sobre mi una imagen de sinuosos ríos de cera derretida –de vez en cuando sentía alguna gota caliente caer- como si estuviese visualizando una variación del salvapantallas de Windows en el que comienzan a surgir tuberías por toda la pantalla. Sentía que las chicas de al lado se separaban de nosotros –carapapas-. Esto llegaba a su cúspide, frotaba y frotaba mi cuerpo, al tiempo que por el rabillo del ojo podía ver en un extremo a Chelis, teniendo ganas de acercarme y darle un besazo en la mejilla por el buen momento que me había echo pasar en su sesión, me parecía demasiada distancia que recorrer así que opte finalizar el momento con un abrazo colectivo pillando a todo aquel que estuviese en mi entorno –conocido o no conocido. En corro, abrazados, nos sentíamos y sentíamos la música por nosotros, parecido a aquellos momentos vividos en el concierto de Primal Scream en el FiB, pero sinceramente sin ningún tipo de comparación, hablamos de distintos niveles. Dejándome en tal estado, acabaron, dando por terminada prácticamente la edición Fiz 2011. El cierre del festival quedaba en manos de Kele Okereke, aunque podría haberme ahorrado perfectamente los veinte minutos de asistencia a su sesión y haber estado en cualquier otro lugar de manera mucho más complaciente y mira que era fácil hacerme cosquillas. Subimos arriba, un abrazo con mi prima, reconciliación con el dueño del bar de al lado de casa, Monty me chupa el dedo y pierde todas sus posesiones, finalizamos la velada con unas cervezas en el Jimi Hendrix.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Seun Kuti & Egypt 80 – From Africa with fury: Rise

Fela Kuti = Afrobeat: hibridación de jazz, funk, highlife y multitud de otros estilos conjugados entre si.

Seun Kuti recoge el legado dejado por su padre para expandir y llevar a otros límites el afrobeat, introduciéndolo en pleno siglo XXI. Cantos sugerentes secundados por gritos inaudibles de LSD. Una formación de vientos que introducen riffs sin cesar, haciendo peligrar la posibilidad de introducir un virus en nuestro cuerpo que nos haga perder el control del movimiento pélvico. Seun Kuti –compositor, cantante y toca el saxo- se pone al mando de la enorme banda de su padre Egypt 80 para firmar un segundo trabajo colosal. El disco nos sumerge desde el primer segundo en una dinámica de ascenso hacia el pleno éxtasis, sin dejarnos un ápice de descanso (ni lo quiero). Es a partir del cuarto corte Rise, cuando parece que la batería baja algo su trepidante ritmo para sumergirnos durante unos minutos en una atmosfera de purificación mental y emocional –catarsis Aristotélica-. La participación como coproductor de Brian Eno otorga al disco aires de nuevo siglo y un sonido plagado de pequeños arreglos. África tiene un color especial.



miércoles, 12 de octubre de 2011

Panceta crujiente

“Espero que sea una de esas cagadas duras, largas y difíciles”, pienso mientras me siento en la taza del váter del aeropuerto de Lisboa. Hora de volver a casa… por un tiempo. La espera me desespera hasta estos límites, hasta desear que cagar se convierta en un microrreto que superar, que me entretenga por unos minutos. La espera… una de las peores cosas a las que seguimos teniendo que enfrentarnos. Los seres humanos hemos inventado todo, estamos inventando todo, pero las esperas siguen siendo grandes huecos que seguimos sin poder llenar con pastillas o con tecnología. Dormir es la mejor manera de esperar, pero no es algo que puedas autoadministrarte sin ciertos riesgos como perder un avión. Pienso que la única manera de no perder la cabeza cada vez que me toca viajar solo sería que pusieran un Fnac en cada aeropuerto. Por otro lado, los podcasts de RNE3 parecen funcionarme mejor que un Sudoku.

“Me gusta la calvicie, nos hace ver lo que somos: un trozo de cráneo”, pienso mirándole la coronilla al taxista mientras atraviesa Cais do Sodré. Cuando la carrera termina, nos encontramos con una cola infinita a las puertas del Lux, el club más “pichi” de todo Lisboa. El taxista la mira, y se echa a reír a carcajada limpia. Empiezo a reírme yo también, intentando igualar su exageración. Mis compañeros no se ríen. La chica alemana, de hecho, no comprende muy bien de qué nos reímos. El relieve de sus venas es diferente. Sus manos son horrorosas. 

Salimos del taxi / Hablamos con unos portugueses / Media hora de cola / No nos dejan entrar / Vamos al Op Art / TaxiTaxiTaxiTaxi

Igual que en Zaragoza, lo que mola es el “antes”, el camino. Unas cervezas tranquilos, unas risas, algo de conversación, algo de buena música que emana de los locales de Bairro Alto… después vamos a la discoteca, al ambiente plano, a la música cíclica, a las caras cíclicas, a los movimientos mecánicos, a la borrachera mecánica, al reloj que se vuelve extraño, las luces la barra el dinero que vuela y finalmente acepto que me aburro en el Op Art pero hay unas vistas tremendas al Tajo pero unos DJs que no me hacen disfrutar ojalá disfrutara yo la mitad que ellos.

¿Qué hay que hacer? Aceptando la condición humana-occidental-mediterránea voy a por una cerveza… y entonces ocurre: Crispy Bacon. Pinchan esa cúspide del Techno, un género cuyo histograma es una larga planicie repetitiva con ciertos picos donde los beats consiguen funcionar y escupir olas de gustera inalcanzables en otras ramas musicales. La calidad del temazo deja todavía más claro que el resto de la sesión estaba siendo una soberana basura y comienzo a gozármela, no bailando en la pista sino apoyado en la barra, vibrando y esperando a conseguir la cerveza. Cuando la consigo, invierto la mitad restante de la canción en mandarle un mensaje a mi amigo, el cual la vivió conmigo años atrás en uno de nuestros redespertares musicales, en unas Fiestas del Pilar. 



Edu estará ahora mismo en el FIZ, con un puñado de grupos medianos a los que seguro que le sabe sacar el máximo partido sensorial. Espero que mi SMS de cariño ayude a la causa. Laurent Garnier pinchaba Crispy Bacon en el extinto festival M2 en el año… ¿2007? Eso creo. Todo lo que antes parecía música machacona con cierta gracia de vez en cuando, dio un vuelco para nosotros. A nuestros diecisiete añitos Crispy Bacon nos llegó tan dentro, con tal intensidad, que nos abrió una vía nueva en el cerebro. Bailamos como locos, pero como locos de verdad, perdiendo toda la capacidad de vernos desde fuera y moviéndonos hacia dentro, hacia dentro, hacia dentro... ¿¡cómo puede ser tan bueno esto!? Y seguía, y seguía, y seguía… y era sencillo, y era directo, oscuro y honesto, era lo que eras tú en ese momento. SENTIR la música de esta manera conocida pero nueva, y juntos, es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, uno de esos recuerdos imborrables que sabes que han contribuido a definir lo que eres. Definitivamente se nos salió de dentro una parte que teníamos oculta, y la seguimos cargando hoy cada vez más a la vista.

Así que termino por coger el avión que me llevará de vuelta a mi ciudad por unos días, a recoger algún otro momento no sé si inolvidable, pero por lo menos no olvidable por un tiempo, que valga la pena. Casi me da “cosa” irme de Lisboa, también la voy a echar de menos estos días. Y después me dará cosa volver, y así siempre, y eso (quiero creer) es lo bonito.